Sombras sobre el bolero

Hoy, el corazón manda y la pluma obedece: la columna está dedicada a la partida definitiva de un gran amigo con quien nunca crucé una palabra. Hablando de él, también hablaré de un tiempo que, por suerte, me tocó vivir: pero, lejos de construir un recuerdo nostálgico, la cita de ambos enlaza la reconstrucción de episodios que se instalaron en mi espíritu para quedarse allí, por siempre.

Era la época en que a un anciano se le ofrecía el asiento en el ómnibus (antes aún, en el tranvía): eran los años en que la gente golpeaba suavemente con los nudillos una puerta, y pedía permiso para entrar: eran días del "Gracias" y el "No hay de qué"... del "Pase usted" y el "No, señor, primero usted": eran horas escolares y liceales, donde a maestros y profesores se les respetaba hasta en las vacaciones; eran noches en que el público concurría a los cines a ver una comedia romántica, y los dinosaurios no se animaban a ser los galanes de la película; en que no se dividía a las hinchadas en las canchas de fútbol y basquetbol, y uno elegía "lo mejor para ponerse", y nadie pensaba en salir a la calle disfrazado de mamarracho. Eran aquéllos, los años del bolero. Entre una pléyade de notables intérpretes, apareció un día un caballero de sonrisa franca y calvicie prematura: se llamaba Mario Clavell. Era músico, compositor y cantante: a los 11 años, imitaba a Gardel en una plaza de Tandil, cerca de Ayacucho, donde había nacido el 9 de octubre de 1922. A los 18, empuñó el estuche de su guitarra para salir a intentar la aventura de Buenos Aires: y unos años después, era el "chanssonier de América". Sus temas recorrieron el continente; y de a poco todos fuimos aprendiendo las letras de "Mi carta", que compuso en la mesa de un café de Belgrano, en medio de la desilusión por un amor perdido, y de un rumor ambiental que en nada afectó a su inspiración. Luego, fueron llegando -liberadas del rigor cronológico que la memoria no respeta- "Somos"... "Abrázame así..." y aquel inolvidable "Quisiera ser/ el primer motivo de tu vivir/ y estar en tu alma/ del mismo modo que estás en mí"...

El jueves 10 de marzo, se apagaron definitivamente las candilejas que iluminaron esta vida de 88 años: quienes le rodearon para despedirlo -¿muchos?... ¿pocos?... no sé- cantaban mientras lloraban: y le dieron el adiós de un aplauso, al que agrego el mío: es lo menos que merecen quienes ayudan a vivir con sus cantares... ésos que brindan momentos que es posible canjear por evocaciones.

Querido Mario: cuando se te ocurra organizar un espectáculo en el escenario celestial, retoma tu papel de showman, pídele el arpa a un ángel y ponte a cantar "Hasta siempre": te aplaudirá con las alas.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar