Luciano Alvarez
Cruzar por la plaza Independencia, desde 18 de Julio hasta Reconquista, en una noche de invierno no es una experiencia grata. El camino parece interminable y el viento nos recuerda nuestra fragilidad. En 1976 era más ingrato aun.
Esto me vino a la memoria conversando con unos estudiantes sobre qué es vivir bajo una dictadura. La premisa era relativamente fácil de explicar: en una dictadura o en un ambiente autoritario, la sociedad se divide simplemente entre una minoría que tiene derecho a mandar -a usar y abusar de su poder- y quienes están obligados a obedecer, a callar, a someterse a cualquier arbitrariedad. El politólogo argentino Guillermo O`Donnell, ha llamado "Kapos" a los primeros. Pero, ¿cómo llamar a los otros? Entonces recordé aquella noche de 1976. Caminaba con Jorge Sclavo hacia una sala de Cinemateca, discutiendo sobre co-mo habría de documentarse, pa-ra los venideros tiempos, aquella época negra. La película de Godard era francamente insoportable, nos levantamos antes del final, a pesar de la indignación de los cinéfilos y volvimos a nuestro asunto. Yo confiaba en la Historia, en cambio mi amigo me soltó: "Ningún historiador podrá explicar el miedo que sentís cuando cruzás esta plaza, te tanteás el bolsillo de atrás y te das cuenta de que te olvidaste de la cédula". Un miedoso, eso es lo que es un ciudadano común y corriente, despojado de su libertad. De un lado están los kapos, del otro los miedosos.
Los individuos, las colectividades y las civilizaciones mismas, han vivido en un diálogo permanente con el miedo. En la introducción de su formidable El miedo en Occidente entre los siglos XIV-XVIII Jean Delumeau se pregunta: "¿por qué ese silencio prolongado sobre el papel del miedo en la Historia? Sin duda, a causa de una confusión mental [...] entre miedo y cobardía, coraje y temeridad". La palabra está tan cargada de vergüenza que la escondemos en lo más profundo cuando es evidente que "miedo y cobardía no son sinónimos".
Sin pretender hacer del miedo uno de los motores de la Historia, Delumeau expone algunos de sus mecanismos sicológicos y sociales en épocas de desorden e incertidumbres morales.
Para los antiguos griegos, Ares personificaba la fuerza bruta y la violencia, el tumulto y los horrores de las batallas. Phobos (el Miedo) era uno de sus hijos. Así, Homero, en el canto XIII de la Ilíada dice: "Marcha Ares, funesto para los hombres, al combate, seguido de Phobos, su hijo intrépido y fuerte, quien pone en fuga aun al guerrero valeroso".
A lo largo de los siglos artistas e historiadores despreciaron el miedo y exaltaron el heroísmo; exaltación engañosa, dice Delumeau, "discurso apologético que deja en las sombras un amplio campo de la realidad". Desde la Antigüedad el heroísmo era signo de nobleza. En el canto IV de la Eneida Virgilio pone en boca de Dido: "El miedo denuncia las almas degeneradas", para probar que Eneas, héroe sin miedo, era de la estirpe de los dioses. Sobre el final de la Edad Media, mientras se cantan las hazañas de Juan sin miedo (1371-1419) y Carlos el temerario, (1433-1477), las Memorias de Phillipe de Commines, cuentan como, antes de las batallas, era necesario cebar de vino a los soldados para sobreponerlos al miedo, práctica común hasta nuestros días, por otro lado.
Recién con la revolución francesa los pueblos obtuvieron el derecho al coraje en las artes. Pero, nos recuerda Delumeau, "el nuevo discurso ideológico copió ampliamente el antiguo, manteniendo la tendencia a camuflar el miedo con la exaltación del heroísmo de los pueblos". Los discursos totalitarios abusaron de los adjetivos dedicados al "pueblo heroico".
A fines de los años sesenta surgió en nuestra sociedad una cultura de pistoleros junto a lo que O`Donnell llamó "la cultura del miedo". Cuando los pistoleros de uniforme se apropiaron del estado, la cultura del miedo enfermó a la sociedad entera y degeneró en angustia, ese sentimiento de amenaza que experimentamos cuando vivimos preocupados por la posibilidad de que nos ocurra algo temido, algo sobre lo que carecemos de control, en cualquier momento.
Desde que se recobró la libertad, merced a la acción corajuda de los pacíficos, hemos tenido que oír cantares de gesta, elogios, autoelogios e incluso muestras de admiración entre los pistoleros de ambos bandos. Los miedosos, los mansos y los pacíficos no cuentan. Nadie le canta a quienes vivieron el miedo.
Hoy ya no necesitamos tantearnos, temerosos, el bolsillo para ver si tenemos la cédula. Pero otros miedos se han apropiado de nuestra sociedad. Ahora se le llama inseguridad. Hay quienes desde el púlpito académico o el gobierno nos advierten que sólo se trata de una sensación térmica, que también hay otras formas de violencia, como la doméstica, que sigue pendiente el gran debate sobre las verdaderas causas sociales de la inseguridad. Nada impide que nos sintamos cada vez menos libres.
En un artículo publicado en La Nación de Buenos Aires (12 de diciembre de 2010) O`Donnell cuestionaba "la abdicación del Estado" que "implica un grave deterioro de la calidad de la democracia. Es, también, una gravísima abdicación, por acciones y por numerosas omisiones, de aspectos centrales de un Estado que alberga un régimen democrático: su responsabilidad como realizador y garante de un orden legal parejo y socialmente equitativo. […] Decirse democrático es querer nada menos que esto".
Mientras esperamos, a los miedosos se nos impone el "No se puede". "No se puede salir a la calle. Lo están esperando. No se puede andar tranquilo, porque ellos andan en la vuelta No se puede trabajar tranquilo; ellos lo vigilan. No se puede dejar el auto en la calle. No se puede ir al fútbol. Ellos se han quedado con eso, tan nuestro, y no lo piensan devolver. Ya no se puede vivir sin correr riesgo de ser víctima de la violencia." (Pepe preguntón, El País, miércoles 23 de marzo).
La Plaza Independencia sigue ahí. Hay que cruzarla, con miedo, esperando que nos acompañe la suerte y el eventual coraje.