Pablo da Silveira
La terrible situación que vive nuestra enseñanza no se arregla con palabras, ni con cumbres mediáticas, ni con congresos multitudinarios. Tampoco con medidas legislativas de alcance general. Para salir del pantano hay que apuntar a lo concreto y realizar modificaciones que sólo puede introducir la propia ANEP. Mientras eso no ocurra, todo lo demás será básicamente inútil. Un claro ejemplo es lo que ocurre con la redefinición del rol de los directores.
Desde hace un cuarto de siglo, todos los análisis serios sobre educación indican que los buenos aprendizajes se producen en establecimientos que consiguen funcionar como comunidades educativas, y que esa clase de establecimientos requiere la presencia de una dirección con una efectiva capacidad de liderazgo interno.
No importa si la dirección del establecimiento es ejercida por un individuo, por un equipo o por la comunidad docente en su conjunto. Lo que importa es que pueda tomar decisiones que tengan un impacto real sobre el funcionamiento del centro. Por ejemplo, que pueda seleccionar a las personas que formarán parte del equipo docente, que pueda tomar decisiones sobre infraestructura y organizar libremente la tarea pedagógica. Si una escuela o liceo dependen constantemente de lo que decida una burocracia central, nunca podrán funcionar bien.
La idea de fortalecer el rol del director empezó generando grandes rechazos ideológicos en este país. Cuando la "reforma Rama" intentó hacer algo al respecto, fue eficazmente bloqueada. Desde entonces hasta hoy la idea ha pasado a ser "políticamente correcta", pero apenas hubo progresos. El resultado es que muchos hablan hoy de fortalecer la figura del director sin que nadie haga nada al respecto.
¿Realmente queremos fortalecer la figura del director? Entonces hay que cambiar normas como la Circular 2145/93 del Consejo de Educación Secundaria (especialmente los artículos 48 y 49) que eliminan casi toda posibilidad de liderazgo por parte de quienes están al frente de un establecimiento.
Esa norma determina el modo en que se evalúa la "aptitud docente" de los profesores de Secundaria. La tarea está a cargo de una Junta Calificadora que recibe informes tanto de los directores como de los inspectores. Pero mientras la opinión de los inspectores pesa un 70% en el puntaje final, la de los directores pesa un 30%.
El director es la persona que ve todos los días a los docentes y quien puede tener una impresión más cercana de su trabajo. Pero la opinión que más pesa es la del inspector, que con mucha suerte realiza un par de visitas anuales a cada educador. Un mal encuentro con un inspector puede tener consecuencias serias para la carrera de un docente, pero esto difícilmente ocurra aunque tenga una relación difícil con su director. Esto, sumado a la extrema limitación de sus potestades, hace del director una figura sumamente débil.
Si de veras queremos mejorar nuestra enseñanza, tenemos que hacer una lista de esta clase de normas perniciosas y cambiarlas sin más trámite. Esa es la tarea urgente que tenemos que estar exigiendo a las autoridades de ANEP.