La envidia no goza de opiniones favorables en ninguna época histórica. Para Aristóteles, por ejemplo, la envidia es siempre mala, perversa. En nuestro tiempo, es obvio decirlo, genera tristeza y pesar ya que se apetecen bienes ajenos pero no se está en condiciones de poseerlos.
No sólo los individuos serán afligidos por la envidia. También ocurre con las sociedades. Hay quienes sostienen que a los países latinoamericanos los carcome ese sentimiento y que él explica el antiimperialismo, en el fondo, es antinorteamericano. La riqueza de Estados Unidos no surge de la explotación de América Latina sino de su suelo y del tesón y de la creatividad de su pueblo. Sus éxitos provocarían una disminución de nuestra autoestima porque ellos han logrado un sitial que nosotros no hemos alcanzado. Nuestras carencias, entonces, se canalizan descargando la culpa de las mismas en algún "otro", EE.UU. en el caso.
Lamentablemente, en lugar de despertar un intenso deseo de emulación, la envidia lo inhibe. En lugar de admirar sus éxitos, los satanizan porque serían los responsables de nuestras deficiencias.
En el seno de estas mismas sociedades ocurre otro tanto respecto a quienes triunfan y detentan una buena posición. Se condena al rico porque su riqueza sería hecha a expensas de los pobres. Alguna responsabilidad de esta presunción, la tiene Montaigne cuando afirma que "si alguien gana es porque otro pierde".
Esta corriente del pensamiento occidental influyó en Marx y fue sistematizada en la famosa teoría de la plusvalía: el empresario, el burgués explotador, se apropiaría de la plusvalía, o sea, del gran excedente que genera el obrero con su trabajo, luego de descontarse el salario que percibe. Es el pilar fundamental sobre el que se asienta la lucha de clases.
Pero Montaigne se equivoca: no siempre pierde uno y gana el otro pues, a menudo ganan ambos porque satisfacen un deseo, una aspiración, una necesidad diferente porque diferente es la naturaleza humana. Las desigualdades -que genera la división del trabajo, el éxito o el fracaso- son inherentes a nuestra especie. Si bien existen necesidades similares, cada hombre es un individuo, un ser distinto, un molde irrepetible. Somos desiguales porque no tenemos las mismas virtudes y talentos en igual medida y calidad. Y en función de esa disparidad, nos ubicamos en la sociedad. Algunos autores sostienen, en consecuencia, que la desigualdad es la condición para progresar y que la igualdad y el progreso se excluyen mutuamente. Porque en una sociedad de iguales no existiría ni competencia, ni movilidad, ni ambiciones, ni innovaciones.
El objetivo normal de la sociedad humana es crecer, desarrollarse en beneficio de todos, sin exclusiones. Es contraproducente victimizar a quienes más impulsan ese desarrollo. Las siguientes citas nos ayuda a reflexionar sobre el tema.
La gente tiene derecho a ganarse el pan pero no a que se lo regalen (Stuart Mill).
A cada individuo se lo debe ayudar en lo que no puede hacer pero él no tiene el derecho a reclamar que lo sustituyan en lo que sí puede hacer (Adler).
¿Quién se encarga de ayudar al carenciado? Todos nosotros, pero como el Estado nos representa a todos es él quien debe asumir esa tarea. Hay que distribuir la riqueza pues la riqueza ya está, dicen los marxistas.
No se dan cuenta que la riqueza está en permanente estado de gestación y que no se crea de una vez para siempre. Obedece a un motor que no debe dejar de funcionar.
No todos tienen confianza en el Estado, ese gran devorador, gran enlentecedor, padre y madre de la burocracia esterilizante del empuje, la visión, la inventiva, la creatividad. No todos quieren un Estado paternalista y abierto a la presión sindical desmedida.
"Nada demasiado" se oía aconsejar en el helénico oráculo de Delfos. Toda una verdad. Porque la desigualdad es moralmente aceptable si está acompañada por la igualdad de oportunidades. Y esta última se logra si el Estado desempeña con rigor la función tuitiva irrenunciable que le corresponde en el campo de la educación, la puerta que abre el futuro.
Es el camino para que las dádivas no generen una sociedad parasitaria y para compensar las desventajas que se tengan en el punto de partida. Y luego, dejar que cada uno trabaje en procura de su propio bien porque ello redundará en un incremento del bien general.