Aprendizaje frustrado

JUAN MARTÍN POSADAS

Nuestro país está pasando por una racha de bonanza económica. Dicha situación da pie a comentarios, consejos, opiniones y presagios de variada calidad. Provienen de los cuatro puntos cardinales de la cátedra, la política y el periodismo.

Algunos hablan de medidas contracíclicas; son los economistas: tienen sus estadísticas y sus libretos. Si fueran menos técnicos dirían: ojo, que la alegría va por barrios (viene a ser lo mismo). Los vinculados a la función de gobierno -porque lo integran o integraron alguna vez- ofrecen cálculos respecto a cuánta piola se puede dar a la cometa antes de que se dispare la inflación. Un tercer grupo son los agoreros: esto se va a acabar, no puede durar, la burbuja está a punto de pincharse.

Yo no soy economista, no tengo elementos para emitir una opinión fundada. En cuanto a la futurología, ella me atrae poco. Por temperamento (y por edad) tiendo a ser cauteloso. Más allá de lo económico quiero encaminar mi reflexión hacia otro terreno del cual se podría derivar otro tipo de beneficio.

Es evidente que el país vive un período de vigorosa expansión económica y que ésta ya lleva varios años: hace un par de zafras que la gente viene con el riñón cubierto. El año que recién termina arrojó una venta de automóviles cero quilómetro nunca vista: más de 40.000 unidades. Un escalón más abajo la venta de motos y ciclomotores fue récord. El que tiene bolsillo pequeño gastó un poco más que los años pasados y el de bolsillo grande gastó mucho más. En términos que hacen justicia al famoso olfato de Mujica para captar y describir la realidad nacional, los oligarcas abarrotaron los shopping centers para comprar championes o cambiar el televisor.

Pero a lo que voy es que ese fenómeno indiscutible y cuantificable es analizado y comentado generalmente solo el términos cuantitativos. Quiero señalar -y ese es el punto de este artículo- que es esencialmente diferente el progreso económico (el enriquecimiento) que se gesta como resultado o bien de más esfuerzo, o bien de mayor tecnificación o de una más inteligente organización, o del ingenio aplicado al efecto, que el enriquecimiento que sobreviene sin que hayamos hacho nada diferente de lo que veníamos haciendo siempre. Y eso es lo que está pasando. Es una sorpresa y no una conquista.

Un progreso económico que sea resultado y efecto de un mayor esfuerzo nacional (trabajo) se convierte, además, en una lección, en un aprendizaje. El fenómeno económico adquiere una explicación: se progresó porque se acometieron tales y cuales tareas o porque se eliminaron tales o cuales rémoras; aparece un camino, indicado y confirmado por el éxito palpable.

Cuando el enriquecimiento sólo sobreviene produce sorpresa; una linda sorpresa, pero no una lección, no enseña nada, no muestra caminos, no confirma ni desmiente nada. Al revés: huele a batacazo de timbero. Al Uruguay le hace mal cualquier evento que le alimente su inveterada sospecha de que el progreso económico sólo se puede esperar del amparo del gobierno o de un golpe de suerte proveniente del exterior: nunca del trabajo propio, del ingenio, la habilidad y el tesón aplicados con conocimiento y cimentados en autoestima.

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