Los últimos manotazos del líder libio

Gadafi contra las cuerdas. Aquellos que lo trataron como un "estadista" en el G-8, ahora le dan la espalda Él responde con un ataque sangriento contra los que piden que abandone el poder | Gadafi contra las cuerdas. Concesiones, como abandonar el programa nuclear, lo acercaron a Occidente El futuro del país, aun sin él al mando, es oscuro: esperan más desorden y violencia | w Gadafi se encuentra atrincherado y está armando a los suyos

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Bandas de soldados recorren Trípoli, la capital de Libia, en camiones abiertos. Buscan personas para ametrallarlas. Francotiradores abrieron fuego desde azoteas y, también se comenta, que los helicópteros han diseminado el terror desde el cielo.

Gadafi, que prometió aplastarlos como "ratas" y "cucarachas", está a punto de caer y después de la batalla final con todas sus desgarradoras consecuencias, en Trípoli podrán compartir la misma alegría que en Bengasi, ciudad situada al Este del país, donde comenzó la sublevación. Pero, el pueblo está pagando un precio terrible por la libertad.

A medida que el despertar árabe se extendió, cada líder buscó salvar su pellejo siendo más cruel que el anterior. En Túnez, Zine el Abidine Ben Alí abordó a las multitudes pacíficas con concesiones. En Egipto, Hosni Mubarak intentó disolver las protestas con una combinación de concesiones y uso de la fuerza. En Libia, parece que Gadafi tiene antojo de sangre.

Gadafi no es un extraño en lo que respecta a la brutalidad y la persecución: de esa manera ha mantenido el poder durante 42 años. Ha oprimido a su pueblo, auspiciado el terrorismo y diseminado los conflictos en África. ¿Por qué, entonces, los líderes del mundo lo abrazaron en L` Aquila hace poco más de un año en la cumbre del G-8?

EE.UU. y la Unión Soviética negociaron y tuvieron comercio entre sí hasta en los momentos más intensos de la Guerra Fría. El mundo exterior dialogó con el régimen criminal de Corea del Norte sobre sus armas nucleares. Las economías necesitan petróleo y resulta inútil pensar de otra manera. La cuestión que suscita la ola de protestas que se extienden a lo largo de Medio Oriente no es si se debe tratar con autócratas, sino cómo se debe tratar.

Cuando los dictadores son vulnerables, como ocurre ahora, la prioridad es empujarlos hacia las reformas y alejarlos de la violencia. Los jefes militares de Estados Unidos actuaron con acierto al usar su influencia para impedir que las Fuerzas Armadas de Egipto abrieran fuego contra los manifestantes.

Pero, la mayoría de las veces, los dictadores no son vulnerables y el criterio a aplicar en esos casos es más complicado. Libia, con toda su crueldad, muestra por qué.

El ostracismo al que fue sometido en la década de los `90 fracasó en hacer salir del poder a Gadafi, pese a la claridad moral que tuvo esa medida. Sin embargo, ayudó a persuadirlo de que iba a ganar del contacto con el mundo. Eso abrió la puerta a algunos acuerdos mezquinos: la liberación de uno de los terroristas de Gadafi de una cárcel británica, la venta de armas a Libia y la elevación del dictador a la calidad de estadista en la reunión del G-8.

Gadafi también hizo concesiones que tuvieron valor para Occidente, la región y los propios libios. La mayor de esas fue desistir de su programa nuclear y ayudar a dejar expuesto al mercado negro nuclear de Pakistán. Libia también dejó de auspiciar el terrorismo contra Occidente, aunque continuó generando pánico en África.

No se puede esperar que las empresas sigan los mismos altos estándares de los gobiernos. Pero, también deben equilibrar lo práctico con lo moral y tener presente qué equilibrio cambia. Cualquier acuerdo que se haga sobre la base de una mentira evidente perseguirá a quien lo hizo. En contraste, las empresas petroleras que hicieron negocios en Libia pueden sostener, justificadamente, que ayudaron a los consumidores occidentales y al pueblo de Libia, y que nunca pretendieron que Gadafi fuera una persona derecha.

VIOLENCIA. No hay duda que Libia es un lugar diferente en comparación con sus vecinos del Mediterráneo. Su territorio y riqueza son más grandes, su población menor y su sentido de nación más frágil. La historia de Libia ha sido traumática. La cuarta parte de la población murió, muchos como consecuencia de enfermedades y hambre, en campos de concentración durante las tres décadas de la invasión italiana y del gobierno colonial que finalizó con la Segunda Guerra. Los primeros 20 años del gobierno de Gadafi, después del golpe de Estado que lideró cuando era un joven militar, en 1969, causaron cambios sociales distorsionantes. Intentó imponer su Tercera Teoría Universal, una suerte de socialismo beduino que exaltó la destrucción de la burocracia estatal, confiscó la riqueza y dio poder a "comités del pueblo" como única forma de gobierno.

Gadafi quebró la resistencia a sus políticas con una campaña de terrorismo contra los "perros vagabundos" como llamó a los disidentes. Decenas, tanto en Libia como en el exterior, fueron asesinados por sus agentes. Miles huyeron hacia el exilio. Gran parte de los ingresos del país, que despegaron en la década de los `70, fue desperdiciada en la compra de armas y en auspiciar a movimientos revolucionarios alrededor del mundo. Unos 4.000 soldados libios murieron durante las reiteradas intervenciones de Gadafi en el vecino Chad.

A fines de los `80, Libia fue objeto de sanciones internacionales, después que Gadafi fue acusado de auspiciar los atentados con bombas en pleno vuelo, contra dos aviones de pasajeros de Francia y Estados Unidos, que costaron más de 400 vidas. En los `90, cientos de libios murieron en la campaña contra islamistas radicales.

CONFUSIÓN. En años recientes, Gadafi pareció haber madurado. A medida que quedó en evidencia que las empresas propiedad del Estado fracasaban al abastecer a los mercados, su régimen abandonó el socialismo extremo, invitó a inversores extranjeros y alentó los negocios privados. Las sanciones internacionales fueron levantadas después que Gadafi se hizo responsable por los atentados contra los aviones, pagó compensaciones y entregó a sus dos agentes para que fueran juzgados. Aceptó poner fin a las investigaciones para desarrollar armas nucleares y químicas. Comenzó a cultivar una imagen de hombre sabio de África, siendo anfitrión de otros líderes. Invitó a algunos exiliados a que retornaran y permitió a su hijo Saif que se mostrara como el rostro bueno del régimen.

Pero, la naturaleza subyacente de su forma de gobernar no cambió. Detrás del velo de confusión de sus "comités populares" la realidad era que a los libios se les negaba todo papel significativo en política. Para un país que tiene las mayores reservas de petróleo en África, su pueblo era sorprendentemente pobre. El gobierno proveyó viviendas precarias, y autos, educación y asistencia médica gratuita, aunque los salarios estatales rara vez superaron los US$ 500 mensuales. La economía incorporó 1:500.000 trabajadores extranjeros. Los jóvenes libios enfrentaron dificultades para obtener empleos útiles. Mientras, al igual que en Egipto y Túnez, los parientes y compinches de Gadafi monopolizaron varias de las oportunidades de negocios. Los servicios de seguridad libios siguieron inspirando temor.

En uno de los pasajes finales de su Libro Verde, una corriente de conciencia promovida como el plan de su liderazgo, Gadafi, con una mezcla característica de brusquedad y falta de lógica, declaró que su ideología era "teóricamente" una democracia genuina, pero en realidad, "los fuertes siempre mandan".

"Yo fui el creador de Libia", se dice que declaró en fecha reciente. "Y seré el que la destruirá". En el estilo típico de los dictadores, el líder libio parece confundir a su propia persona con la nación en su totalidad.

Casi no hay duda de que Libia, aun sin Gadafi, se mantendrá como un lugar desordenado y quizá violento. Su régimen deja una herencia de instituciones inadecuadas, una maraña de leyes y animosidad quemante. Superar esta situación de ruina requerirá tiempo, energía e ingenio. De cualquier manera, Libia tiene algunas cosas a favor: abundante dinero, con reservas internacionales que totalizan casi US$ 140.000 millones, exiliados con talento que ansían retornar y una sensación, que Gadafi no pudo prever, de que el trauma de su régimen puede haber forjado una identidad nacional con mucho más sentimiento que antes.

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42 años de rigor y sangre

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Rebeldes preparan la batalla final

n Los residentes de Trípoli, y opositores en otras ciudades, se preparaban ayer para batallas sangrientas ante la amenaza del líder libio Muamar Gadafi de armar a civiles para derrotar la rebelión, que ya controla la región petrolífera del Este y amenaza con derrocar al régimen.

En la parte oriental de Libia, al tiempo que instaura una nueva administración en las ciudades bajo su control, la oposición armada espera que el poder también cambie de manos en Trípoli.

"Estamos coordinando los comités de las ciudades liberadas y de Misurata. Esperamos que Trípoli se saque de encima al régimen de Gadafi y sus hijos y luego trataremos de formar un gobierno de transición", señaló Abdelhafiz Ghoqa, portavoz de la "Coalición Revolucionaria del 17 de Febrero".

"Todos los días salen para Trípoli voluntarios" que van a luchar, agregó. También aseguró que nuevos oficiales abandonaron a Gadafi y se pasaron a las fuerzas opositoras que reclaman un cambio.

Mientras tanto, en algunos barrios de Trípoli, "se ha cortado la electricidad (el viernes por la noche) y desde entonces no se ha restablecido", dijo por teléfono un habitante. "Estábamos aterrorizados. Pensábamos que preparaban un ataque. Recogimos todo lo que podía servir de arma y vigilamos la puerta de la casa".

En tanto, en Misurata, tercera ciudad de Libia, mercenarios que responden a Gadafi dispararon contra manifestantes que iban a los funerales de víctimas de los enfrentamientos, dijeron testigos.

Saif , hijo de Gadafi, en una entrevista con el Canal 4 de Gran Bretaña, sostuvo que su padre está de "buen humor". A una pregunta sobre el riesgo de una guerra civil en su país, Saif, que aspira a heredar el poder, respondió: "No más, no más. El pueblo libio se despertó y entendió el peligro. Ahora somos optimistas".

En el ámbito diplomático se acentuaba la presión en el día 12 de insurrección. El jefe del gobierno italiano, Silvio Berlusconi, afirmó que "Gadafi ya no controla la situación", mientras su homóloga de Alemania, Angela Merkel, y el británico David Cameron, pedían "severas sanciones" de la ONU y la UE. AFP y ANSA

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