La ciudad de Christchurch, en Nueva Zelanda, fue vapuleada ayer por un terremoto de magnitud 6,3. Hubo decenas de muertes y derrumbes varios. Estiman que allí viven unos 200 uruguayos. Uno de ellos relató cómo vivió la caótica situación.
"Cuando miré para los costados vi los vidrios de los edificios cayéndose. La situación fue lo peor que he visto en mi vida". Así definió el fatal terremoto que azotó ayer a Christchurch, Nueva Zelanda, Virginia Blatar, una uruguaya de 35 años que al momento del temblor desempeñaba su trabajo de consultora de moda como un día normal. Eran las 13.30.
Virginia vive hace siete años en esa ciudad de la provincia de Canterbury con su marido, Augusto Villaronga, de 30 años, quien es técnico en ensayos no destructivos -saca radiografías a tanques, como los de petróleo, que son sometidos a presión- y con Maite, su hija de tres años.
En diálogo con El País, cuenta que vivió el terremoto del 4 de septiembre de 2010, pero asevera que el de ayer "fue mucho peor". Y agrega sin vacilar: "Fue la peor experiencia de toda mi vida".
"Empezó a sacudirse todo. Yo salí volando de donde estaba. Apenas podía pararme. Miré para los costados y vi los vidrios del edificio cayéndose (...) Desesperada, llamé a mi marido para que vaya a buscar a mi hija que estaba en el jardín", narra y dice, aliviada, que "por suerte la encontró, nerviosa, pero bien".
Virginia asegura que ella y su familia no sufrieron daños, "salvo que está todo tirado en la casa". Afirmó que la situación "es caótica" debido a las continuas réplicas que siguen castigando a la ciudad. "Estábamos sin luz y sin agua. La luz vino en la madrugada. Ahora podemos prender la tele y ver lo que está pasando", relata -al momento de la nota son las 7 de la mañana del miércoles en Christchurch-.
El terremoto fue el peor desde el registrado el 3 de febrero de 1931, con 256 muertes. Aunque el de ayer tuvo una magnitud menor al que sucedió en septiembre pasado (6,3 contra 7 grados), se registraron 65 muertes, y unas 200 personas quedaron atrapadas entre los escombros, lo que provocó se declare el estado de emergencia. En el del año pasado no hubo fallecidos.
Sin víctimas uruguayas. La cónsul honoraria de Uruguay en Christchurch, María Elena Duter, dijo a El País que "preliminarmente no hay malas noticias" sobre uruguayos afectados por el terremoto.
Duter estimó que en esa ciudad viven entre 150 y 200 uruguayos, mientras que, en total, en Nueva Zelanda habitan unos 1.500. "La mayoría vienen a trabajar al campo, en tambos o cosecha de frutas".
La cónsul (de 38 años de edad), quien vive con su esposo y sus dos hijos (de 6 y 2 años), dijo que su casa (el Consulado) no sufrió daños, aunque señaló que "la gente sigue en estado de shock porque ya hubo más de 50 réplicas de 5.3 y 5.7". Y, con naturalidad en la voz, añadió: "En este momento que estoy hablando (con El País) estamos viviendo una".
"Estoy con el corazón apretado"
n Christchurch, con 340.000 habitantes, "es una ciudad hermosa, es donde elegí vivir y tener a mi familia. Y hoy por hoy estoy con el corazón apretado", expresó Virginia Blatar, la uruguaya que ayer trabajaba en el centro de la ciudad cuando ocurrió el poderoso terremoto. En declaraciones a El País señaló: "Esto me hace dudar si seguir acá. Lo que más me preocupa es que pienso en el mundo y no encuentro un lugar más seguro. Acá los terremotos, en Brasil las inundaciones, en Europa la nieve...".
El terremoto de ayer derrumbó la torre de la catedral sobre una plaza céntrica y destruyó edificios de varios pisos. Miles de personas andaban por las agrietadas calles aturdidas, ensangrentadas y llorando a gritos, en medio de los bocinazos y las sirenas.
Al marido de Virginia, Augusto, el sismo lo sorprendió en una ruta. "Estaba en su camioneta atrás de un camión con containers que se bamboleaban. Rezaba que no se le vayan a caer encima", contó.
Además, los cables de la electricidad cayeron en algunas partes y las tuberías del servicio de agua potable reventaron. Automóviles fueron aplastados por los derrumbes.