NEWSWEEK
En plena crisis financiera global de 2008-2009, China impactó con su masivo programa de estímulo por US$ 596.000 millones, que ayudó a Asia a evitar la peor caída: los países emergentes ahora tienen más dinero y comienzan a destinarlo a los planes sociales de los sectores necesitados de su población.
Otra de las iniciativas de Beijing concitó mucho menos atención aunque demostrará tener mayor alcance: se trata del primer plan completo de jubilaciones destinado a aliviar la pobreza en las zonas rurales del país, donde moran dos tercios de sus 1.400 millones de habitantes, quienes viven con el equivalente a dos dólares por día.
El programa distribuye jubilaciones subsidiadas por el gobierno a 55 millones de habitantes rurales chinos, 16 millones de los cuales ya obtienen beneficios de hasta US$ 45 por mes. Si bien la incorporación es voluntaria, requiere que cada participante aporte entre US$ 15 y US$ 75 por año, y el gobierno asume la mayor parte de los costos.
A fines de 2010, casi la cuarta parte de las zonas rurales de China quedó bajo la cobertura del programa, que el gobierno ahora trabaja para extender también a los centros urbanos.
China no es el único país que mejora su programa de asistencia social en estos días. India también está definiendo un nuevo esquema de jubilaciones para atender a los 85 millones de personas de edad más avanzada. Un estudio reciente de la Organización Mundial de la Salud y la Organización Internacional del Trabajo identificó un total de 72 planes diferentes de "jubilaciones sociales" alrededor del mundo dedicados a los ciudadanos de edad más avanzada, los enfermos o los marginados.
La mayoría de los países que aparece en la lista está compuesta de naciones en vías de desarrollo que en otros tiempos fueron consideradas demasiado necesitadas como para ayudar a sus pobres y que, hasta tiempos recientes, tenían muy poco o ninguna cobertura social. Si la red de protección social está bajo asedio en los países ricos (ahora son los más endeudados), en cambio comienza a expandirse por el resto del mundo.
El desafío principal para las próximas décadas será ver si los países en vías de desarrollo pueden atender a sus ciudadanos necesitados y también evitar la bomba de la deuda pública que ha hecho tambalear a las economías desarrolladas.
Sin embargo, el mundo en vías de desarrollo nunca estuvo tan dispuesto a cargar este peso en sus hombros. Pese a que las proyecciones del Fondo Monetario Internacional (FMI) indican que la deuda pública total del mundo pasará de US$ 34 billones en 2010 a un pico de US$ 48 billones en 2015, los mercados emergentes no serán los culpables. Su deuda total ascenderá de US$ 5 billones a apenas US$ 7 billones en los próximos cinco años, mientras la factura de las naciones más ricas se inflará de US$ 29 billones en la actualidad a US$ 42 billones. Ahora resulta que los mercados emergentes son parte de la solución: entre hoy y 2015 representarán el 54% del crecimiento económico global.
Ahora, estos avances han suscitado reclamos de los ciudadanos de los mercados emergentes, especialmente de la nueva clase media, para mejor gobernanza y mejor atención a los pobres.
"Si bien las economías de los mercados emergentes crecen muy rápido, el crecimiento no tiene distribución equitativa en toda la economía y ahora surge una fuerte presión para incluir a los que han sido excluidos", señala Eswar Prasad, integrante de la Brookings Institution, con sede en Washingon DC. Sostiene que para que esos países puedan dar el próximo paso de su transformación va a ser necesario que tengan una mejor red de protección social a nivel nacional.
Pero los males de los países desarrollados no han escapado a quienes definen las políticas, ya que intentan aprender de los errores cometidos por Occidente en materia de bienestar social. En muchos países occidentales, la asistencia social tradicional y las burocracias defectuosas que rigen ese sistema se han convertido en desagües de los ingresos públicos y no siempre ayudan a quienes están necesitados.
En cambio, los responsables de las políticas en el mundo en vías de desarrollo son impulsados por el imperativo de programas más afinados que individualicen con eficiencia a sus destinatarios -habitualmente los más pobres, los ancianos, los enfermos y los escolares- para entregar dinero en efectivo sin que se entrometa un padrino político, ni que funcionarios de gobiernos quiten la parte superior.
CAMBIO. Luchar contra la desigualdad y ayudar a los más necesitados ha estado durante mucho tiempo en la agenda de los líderes del Tercer Mundo, aunque la mayoría de los intentos anteriores fueron saboteados por la ineficiencia, la corrupción y las economías estancadas y disfuncionales.
"Aliviar la pobreza ha sido la principal prioridad para los líderes de India desde la década de los `50", señala el profesor de Economía de la Universidad de Columbia, Nueva York, Arvind Panagariya. "Sin embargo, durante décadas los programas contra la pobreza de India tuvieron una grosera insuficiencia de financiamiento debido a que el país era pobre y crecía con lentitud", asegura.
Las economías rugientes de Asia, América Latina y hasta de África, que ahora también tienen gobiernos que funcionan mejor y una sólida conducción fiscal, han ampliado los horizontes de las políticas de muchos países que en otros tiempos vivían pasando de una crisis a otra. El resultado es que las regiones que en otros tiempos fueron las más olvidadas en el mundo, de pronto tienen los medios necesarios para ayudar a sus propias poblaciones empobrecidas.
De cualquier manera, la magnitud del desafío es enorme. Los mercados emergentes sólo tienen que mirar a Occidente para encontrar el modelo que deben evitar. Allí, los gastos como jubilaciones, beneficios de seguro de desempleo, asistencia social y atención de la salud son derechos que, una vez otorgados, tienden a crecer y arrojan resultados muy difíciles de reducir o afinar.
Basta mirar los restos incinerados de vehículos en las calles de París, donde hasta las mínimas propuestas de reforma derivan con rapidez en protestas y violencia. Los programas de bienestar social también son el polvo de las bombas de la deuda. Para el año 2030, 6,5% del PIB de las economías avanzadas será absorbido por el incremento proyectado de los gastos de los sistemas públicos de jubilación y atención de la salud, de acuerdo con lo que indica el Fondo Monetario Internacional (FMI). "No hay país que pueda continuar aumentando el gasto a ese ritmo", declaró Carlo Cottarelli, jefe de asuntos fiscales del FMI.
ALTERNATIVA. Es por esto que los países en vías de desarrollo buscan usar sus recursos de manera más innovadora. Los gobiernos de Turquía, Malawi y del Estado de Andrha Pradesh, en India, se han unido a empresas privadas para ofrecer microseguros ante desastres para proteger a los pobres en las zonas rurales y centros urbanos.
Unos 45 países alrededor del mundo también envían dinero en efectivo a los más pobres, en una ayuda que está ligada a determinadas condiciones (tales como asegurar que sus hijos estén vacunados y concurran a la escuela), con la finalidad de mejorar la salud pública y darle a los niños una oportunidad mejor para poder escapar de la pobreza.
La práctica, que comenzó a aplicarse a fines de la década de los `90 en Chile y México, no está más diseminada que en Brasil, donde el programa Bolsa Familia entrega US$ 7.800 millones a 12.7 millones de familias necesitadas.
Las transferencias en efectivo condicionadas (TEC) dan cobertura a unos 53 millones de personas, la cuarta parte de la población del país. Marcelo Neri, economista de la Fundación Getulio Vargas, en Río de Janeiro, sostiene que Bolsa Familia jugó un papel principal en la reducción de la desigualdad en Brasil. Desde 2001, el ingreso de los más pobres que integraban la décima parte de la población brasileña creció 6,8% por ciento anual, mientras que el de la décima parte más rica lo hizo a apenas 1,5% anual.
Ahora se han multiplicado esos mecanismos de transferencia de dinero. En total, 48 países en América Latina, Asia y África tienen TEC y nuevos programas están en definición en muchas otras naciones. Indonesia está adoptando una versión del programa brasileño y en octubre pasado Filipinas lanzó su propio programa que llega a 2.2 millones de familias con la contrapartida de exigir revisaciones medicas y concurrencia a la escuela.
Los países en vías de desarrollo descubren que este tipo de programas es una alternativa eficiente y barata a destinar el dinero de los contribuyentes a burocracias de asistencia social pesadas y porosas, donde el derroche y la corrupción, con frecuencia, son corrientes. Gracias a métodos mejorados al realizar los censos, los países ahora tienen la capacidad de individualizar la extrema pobreza y enfocar a las comunidades más necesitadas.
En lugar de hacer fila en una oficina de asistencia social, los receptores retiran sus beneficios mediante el uso de una tarjeta de efectivo en cualquier banco. El programa de Etiopía, conocido como Red de Seguridad Productiva, cuesta el equivalente a sólo 1,7% de la riqueza nacional. En contraste, Estados Unidos gasta el equivalente al 4,4% de su PIB en bienestar social y 15% en atención de la salud, mientras que los gastos sociales promedio en la Unión Europea son de alrededor del 18% del PIB.
Las cifras
45% Es el porcentaje del crecimiento económico global que representarán los mercados emergentes entre hoy y el año 2015.
85 Son los millones de personas de edad avanzada que piensa atender el sistema jubilatorio de India que comienza a ser definido.