ANTONIO MERCADER
El lenguaje informal es parte del estilo de José Mujica. La gente lo votó a sabiendas de que era así, razón por la cual nadie debe sorprenderse por la prosa florida, equívoca, divertida y a veces indescifrable que hoy cultiva desde la Presidencia. El episodio de "Pepe Coloquios", aquel libro plagado de transgresiones e impertinencias, confirma que el hombre no tiene pelos en la lengua. Parlotea, filosofa, improvisa, bromea y hasta se permite el lujo de amonestar a su perrita durante la grabación de una de sus emisiones radiales como hizo días atrás.
El problema se plantea cuando esas expansiones no son de entrecasa, es decir cuando Mujica viaja al exterior como máximo representante el país. En esas situaciones sus palabras comprometen formalmente al Uruguay. Un error, una frase mal rematada o un comentario infeliz pueden tener consecuencias graves. Por esa razón suele aconsejarse a los presidentes que durante las visitas de Estado a países amigos lean discursos previamente analizados y sopesados por sus asesores. Incluso es común que en la redacción de esos textos intervengan diplomáticos acreditados en el país adonde viajan y que sean objeto de una cuidadosa reflexión.
Eludir ese procedimiento como suele hacerlo Mujica en sus viajes -y lo han hecho algunos de sus antecesores en la Presidencia- conlleva serios riesgos. Así lo demuestra su reciente escala en Perú en donde deslizó observaciones capaces de incomodar a sus anfitriones e incluso a los gobernantes de países vecinos. Obsesionado como está por la despoblación del país, inquietud atendible por cierto, su exhortación a los peruanos a emigrar al Uruguay fue totalmente inadecuada puesto que descerrajó algunas frases -que bien pudo haberse ahorrado- como las siguientes:
"Hay peruanos en el Uruguay, peruanas sobre todo, (que) sirven a algunas familias ricas en Carrasco, tienen fama de ser muy buenas, honradas y dóciles. Yo quiero que a mi país vayan otros peruanos, no los marineros de tercera que los explotan en barcos asiáticos. Hay otros peruanos", declaró Mujica ante un anonadado Alan García.
Hacía dos décadas que un presidente uruguayo no visitaba Perú. Había muchas cosas por decir, temas relativos a la historia de dos pueblos y a sus proyectos comunes que podían abordarse. Mujica mencionó algunos de ellos, incluso con acierto como cuando instó a reducir el gasto militar en la región. Empero, sin estar libretado, se descolgó con esa invitación genérica a los peruanos a radicarse entre nosotros. Pudo hacerlo con elegancia y sin desdeñar a nadie, ni a las peruanas "dóciles" ni a los marineros "de tercera", pero no fue así. Sus referencias, dichas de modo tan ramplón, no pudieron caer bien entre quienes lo escucharon por más que sus corteses anfitriones limeños supieron disimularlo.
Otra salida de tono, tanto o más gruesa, picó de manera inesperada en la Argentina. Veamos qué dijo Mujica al respecto. "Está pasando una cosa curiosa, montones de argentinos importantes se hacen ciudadanos uruguayos. Yo sé que algunos lo hacen para zafar de los impuestos, otros lo hacen porque tienen plata y se están poniendo viejos o se enamoran de una chiquilina y tienen a una chiquilina en el Uruguay que los curra...", dijo.
Más allá de las objeciones que se tengan sobre los maltratos inferidos al idioma castellano, el mensaje de fondo que Mujica trasmitió no le pudo caer bien a ningún argentino. Acusar genéricamente de evadir impuestos a quienes vienen a invertir en Uruguay, acusación que suelen formular las autoridades argentinas, no parece lo más conveniente para nuestros intereses. Y menos aun si esa incriminación al barrer se acompaña con la gardeliana descripción del argentino como un potencial "viejo verde" que gasta sus dineros con una "chiquilina" mantenida de este lado del Plata.
Para peor, estos deslices ocurrieron en un periplo enturbiado por las infaustas expresiones del subsecretario de Relaciones Exteriores, Roberto Conde, quien había tildado de "fascistoide" al gobierno de Perú. Alguien recordó que es un reflejo común entre los izquierdistas de tomo y lomo esta tendencia a calificar de "fachos" a quienes piensan de manera diferente de la de ellos. Sobre esta actitud decía el escritor italiano Leonardo Sciascia: "No hay peor fascista que aquel que quiere sacar patente de antifascista llamando fascista al que no es fascista". Parece un trabalenguas, pero si se piensa bien, se verá que lo de Sciascia es muy preciso para pintar ciertas conductas.
Por último debe resaltarse el estoicismo del presidente Alan García quien, tras esta visita debe pensar que es una suerte que los presidentes uruguayos recalen en Lima sólo una vez cada veinte años.