Hebert Gatto
El Presidente de la República y varios medios frentistas han declarado enfáticamente que la coalición deberá abocarse a enfrentar el problema de la mala distribución del ingreso (o la riqueza), todavía muy desigual pese a los éxitos en la disminución de la pobreza. Una situación no solamente injusta sino inadecuada para la democracia, que requiere consensos y no rencores. Por no hablar de la seguridad. Ocioso es decir que el tema trasciende lo económico y reconoce raíces sociales y culturales que lo hacen muy difícil de superar. En tal sentido valen algunas reflexiones que hacen más al marco, o al proemio del debate, que a su concreto contenido.
Si como decíamos, casi todos coincidimos en repudiar la desigualdad extrema y la pobreza abyecta, la de Haití o la de gran parte de África, ¿cómo es que no logramos rápidamente acuerdos y los hacemos funcionar? Ocurre que en este tema, las respuestas no son sencillas, incluso frente a preguntas elementales, por ejemplo: ¿Qué debemos igualar desde el gobierno, los ingresos, la riqueza, ambos? ¿Qué tipo de igualación queremos, una que atienda al punto de partida, o una que ponga el ojo en el de llegada? ¿Buscamos acercarnos a la igualdad total (hasta donde ella sea posible), o nos alcanza con evitar las peores injusticias y desactivar las desigualdades más ofensivas? ¿Es justo que los que saben más, obtengan más ingresos, que aquellos más ignorantes o menos diestros? ¿A los indigentes debemos ofrecerle el pescado, la caña o el curso de pesca? ¿Cuáles son los límites, en este mundo globalizado, de las políticas sociales y de las impositivas? ¿Qué restricciones admite el capitalismo sin desnaturalizarse? ¿La desigualdad debe trasmitirse por herencia?
Muchos otros interrogantes podrían acumularse, de distintos niveles, pero todos merecerán soluciones diversas, según la ideología de los encuestados. Nuestro actual gobierno tiene, o debería tener, una respuesta para todos ellos. Si fuera congruente con su proclamada esperanza socialista debería fijar su atención en el punto de llegada, procurando la mayor igualdad en todos los niveles y sus políticas deberían tender hacia la socialización de las empresas. Para ir desbrozando el camino. Afortunadamente no lo hace. Por ahora, su sentido común reprime a su ideología. No sin que los demonios lo tienten y la ambigüedad lo confunda.
Quedan algunos, en el otro extremo, que sueñan que el mercado y la libre competencia, todo lo proveerán. Creen que esto se relaciona con el liberalismo, con Locke o con Stuart Mill. Como en el lejano Oeste de las matinés, predicen que a la violencia de los aventureros codiciosos le sucederán cohortes de colonos igualitarios e industriosos y que la desigualdad está preñada de su opuesto. Todo, dicen, es cuestión de paciencia. Unos y otros parecen no haber aprendido demasiado, ni de economía, ni de justicia ni de democracia. Menos de historia. Omiten que en lo previsible, este país no tiene otro camino que el de un capitalismo tan controlado por el estado y tan equitativo como se pueda, se llame o no social-democracia. El nombre poco importa.