PAMELA COX (*)
Hace un año, tras la peor recesión en casi un siglo, dejé en claro mi optimismo sobre la significativa transformación económica de América Latina. Por primera vez, una crisis internacional no había lanzado a la región en picada. Muchos países no sólo habían sobrevivido, sino que salían con mayor fuerza y velocidad que muchos en otras regiones.
Advertí, sin embargo, que las proyecciones del Banco Mundial y la comunidad internacional indicaban que la crisis podría regresar a ocho millones de latinoamericanos a la pobreza, amenazando importantes ganancias sociales como la primera significativa reducción de la desigualdad en 30 años.
La buena noticia es que nos equivocamos. Las filas de los pobres aumentaron pero mucho menos, en 2,1 millones, mientras que el desempleo creció en 2 millones, menos que las predicciones de 3,5 a 5 millones. Ahora confiamos en que estos déficits se absorberán en su totalidad en 2011.
Las tasas de crecimiento para los países más grandes de la región revelaron una sorpresa aún más significativa. México, Colombia, Perú, Argentina, Chile y Uruguay, entre otros, crecieron este año más de un 5%, por encima de lo que muchos pronosticaron.
Muchos pensaron, en base a desempeños anteriores, que las naciones más abiertas al comercio y los mercados financieros sufrirían un colapso más severo. Pero ese presagio falló también. Demostraron que los riesgos de la globalización dependen de la forma cómo las naciones se integran a los mercados internacionales.
De hecho para este 2011 la actividad económica de la región habrá borrado por completo cualquier rastro de la crisis. Brasil liderará el grupo con su increíble capacidad de recuperación. ¿Cómo ocurrió esto? ¿Cómo logró la región romper con los patrones del pasado?
La respuesta corta es que la región produjo un "revolución silenciosa" en los años previos a la crisis. Fue parte del progreso constante resultado de anteriores crisis. Fue una revolución basada en sólidas políticas macro- económicas y financieras acompañadas por un renovado énfasis en la equidad social. Las políticas monetarias, fiscales y bancarias adoptadas en los últimos años lograron disminuir el choque externo, cuando antes lo amplificaban.
La diversificación de exportaciones ayudó a suavizar el golpe de la crisis que se originó en EE.UU., país que acostumbraba a ser el principal cliente. Gracias a significativos y nuevos lazos con Asia, particularmente China, Sudamérica, se recuperó al influjo del rebote de los precios de las materias primas. Por su parte, los inversionistas extranjeros recuperaron rápidamente su apetito de riesgo y se volcaran a los mercados emergentes. Esto ha llevado a un aumento vertiginoso de flujos de capital que probablemente contribuirán a un crecimiento robusto en el futuro.
Las economías de América Latina han progresado a niveles que tientan a la comparación con los Tigres Asiáticos. Los motores de la región rugen, pero deberán seguir haciéndolo por un período sostenido, antes de que podamos declarar con certeza que ha llegado el tiempo de los Jaguares Latinoamericanos.
(*) Vicepresidenta para América Latina del Banco Mundial.