Año clave

Hernán Sorhuet Gelós

Cuando aún se perciben los estertores de la cumbre de Cancún, crece la incertidumbre acerca de si seremos capaces de acortar la brecha que separa el mundo de la razón del de la diplomacia.

Aunque la información científica es contundente en cuanto a la grave amenaza que significa el cambio climático para la humanidad, el rumbo de las negociaciones no sigue la misma lógica.

Ni siquiera el aumento en la ocurrencia de eventos naturales vinculados con los fenómenos meteorológicos, ha logrado impregnar a la discusión de los acuerdos de la suficiente dosis de realismo como para reordenar las prioridades.

Dentro de este panorama las contradicciones parecen inevitables. Por consenso se estableció evitar que la temperatura media del planeta aumente por encima de los 2ºC; pero al mismo tiempo quedó muy claro que las metas de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero serán determinadas a voluntad de cada nación, sin un mecanismo general que les imponga restricciones fijas a los países más contaminantes-como se había logrado con el Protocolo de Kioto. Resulta obvio que la voluntad individual está sometida a variables circunstanciales, lo cual conspira contra un acuerdo que garantice las reducciones de emisiones globales que se necesitan alcanzar.

Habiendo consenso científico sobre las grandes causas del problema, lo lógico sería que las negociaciones se realizaran entre los grandes bloques de países. Sin embargo, en Cancún sucedió lo contrario; prosperó la modalidad de fragmentación de la negociación, lo que conduce a discutir asuntos puntuales y no los temas centrales.

Esta situación le confiere una gran fragilidad al proceso, donde cada tensión puede, por sí sola, derivar en el bloqueo de la posibilidad de acuerdos que se están procurando. A mismo tiempo, lo condena a que los temas avancen con demasiada lentitud ante la urgencia que les impone el cambio climático a los pueblos del planeta.

Por lo dicho, resulta claramente insuficiente conformarnos con que en Cancún se salvó el proceso de negociación, que había quedado herido de muerte en Copenhague.

Aunque sabemos que sin el restablecimiento de un clima adecuado de respeto y confianza resulta casi imposible alcanzar acuerdos importantes, no podemos dejar de subrayar que la magnitud del desafío que enfrenta la humanidad, demanda recurrir a las mejores cualidades y virtudes de los seres humanos.

Podremos avanzar considerablemente en la puesta en práctica de diversos mecanismos de adaptación, que mejoren las posibilidades de cientos de millones de personas, de enfrentar a los impactos negativos provocados por el cambio climático. Es muy probable que, en el corto y mediano plazo se logren notorios avances en la toma de conciencia social del problema. Pero, de poco servirá si esos logros no van de la mano de reducciones de las emisiones globales de los gases contaminantes de la atmósfera, en los términos que plantean los especialistas del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC).

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