Pablo Da Silveira
La última edición de la prueba PISA nos enfrentó a un terrible diagnóstico y nos obligó a escuchar nuevamente un argumento inaceptable. Para las autoridades educativas y los dirigentes gremiales, todo se reduce a una situación de plata: si nuestros resultados son peores que los de Finlandia, es porque gastamos menos que ellos en educación.
Al menos por tres razones, ese argumento es una falacia.
En primer lugar lo es porque se apoya en un manejo tendencioso de la información. Es verdad que hay países que gastan más que nosotros y tienen mejores resultados, pero también ocurre lo contrario. Finlandia gasta un 8% en educación y tiene resultados muy buenos, pero Honduras gasta casi un 9% y tiene resultados muy malos. Cuando se hacen análisis serios, se descubre que la correlación entre gasto y calidad educativa es débil. Cierta cantidad de dinero es necesaria para tener una educación de calidad, pero está lejos de ser una condición suficiente. Si al gasto elevado se suma una gran ineficiencia y la ausencia de mecanismos de rendición de cuentas, lo que tendremos es una enseñanza mala y cara.
El argumento también es falaz porque compara cosas que no son estrictamente comparables. Cuando se habla del gasto público en Finlandia, se habla de casi todo lo que ese país gasta en educación. En Finlandia apenas hay educación privada tal como la conocemos. Además, los estudiantes desarrollan dentro de las escuelas y liceos muchas actividades que la mayoría de los uruguayos sólo puede realizar fuera de ellos (deportes, idiomas, computación). Esta diferencia se vuelve invisible cuando se compara el gasto público de ambos países. Si se quisiera hace una comparación realista, se debería comparar la suma de gasto público y privado. Y en ese caso las diferencias se reducen.
Por último, el argumento es falaz porque se apoya en un supuesto equivocado que ha sido difundido por los burócratas de los organismos internacionales. Ese supuesto dice que lo ideal es que todos los países gasten en educación una proporción similar del PIB. Pero, tal como ocurre entre las familias, las necesidades de gasto educativo pueden variar mucho entre países. Una de las variables que más inciden en este punto es la forma de la pirámide demográfica. Apenas la cuarta parte de la población uruguaya tiene menos de 15 años. En Paraguay, el 40 por ciento de la población está debajo de ese límite. Dado que el alumnado potencial representa una proporción mucho mayor de la población, es lógico que Paraguay gaste en educación una mayor proporción del PIB.
Otra variable crucial es el crecimiento demográfico, especialmente cuando se asocia al tamaño de la población. La población mexicana crece cinco veces más rápido que la uruguaya. Además, mientras en Uruguay tenemos unos 800 mil alumnos de enseñanza pre-primaria, primaria y media, en México hay 25 millones. Los mexicanos deben agregar cada año miles de escuelas sólo para mantener su tasa de cobertura. En Uruguay, en cambio, se está reduciendo el número de escolares. ¿Tiene sentido que ambos países gasten lo mismo en términos del PIB?