Juan Martin Posadas
Unos cuantos años atrás una porción de uruguayos (démosle un nombre genérico), fue pateado fuera de la historia, fuera del relato. En el extremo, ni podían ser nombrados: quedó prohibido escribir o pronunciar guerrillero, tupamaro y términos por el estilo. No tan al extremo, otros uruguayos fueron pateados fuera de sus empleos, de sus cátedras, de sus menesteres, y les fue vedado defender su versión de las cosas.
Fueron rebajados a ciudadanos de tercera (categoría C). Quienes instrumentaron el sometimiento fueron los militares y los civiles coadyuvantes.
Después de un tiempo, otros civiles pudieron revertir la marea. Algunas cosas pudieron y otras no: amnistiaron a los presos, restituyeron a los destituidos y, sintiendo tan reciente y tan cercana la tragedia, hicieron, a su modo, lo mejor para reconciliar al país. Pudieron haber escrito la historia y no quisieron: que de ellos se dijera lo que los uruguayos bien quisieran decir.
Transcurrido más tiempo aún, llegamos al ahora. Los sobrevivientes de los pateados fuera de la historia viajan en auto oficial: están en el Parlamento, son Ministros, dirigen empresas del estado, roncan fuerte en el PIT. Los que no habían podido decir su versión ahora la incluyen en los discursos oficiales, la escriben en las paredes y encuentran quien la amplifique para ellos en alguna radio y canal de TV. Los que antes no podían y ahora pueden escribir su historia están publicando libros, testimonios, reportajes y memorias. Hasta los homicidas impenitentes han considerado que el país tiene interés u obtendrá beneficios de algún orden con la truculenta información que nos brindan de su estado de conciencia.
El péndulo se fue para el otro lado. Ya se sabe que el péndulo no va a ningún lado: vuelve, deshace camino. Quizás la intención del Presidente Vázquez, al mandar su proyecto de reparación, haya sido detener el péndulo. Quizás recordó, o alguien le contó, la anécdota de Unamuno ante la división feroz de su patria, cuando unos españoles saludaban con el brazo extendido y otros con el puño en alto y él dijo: España retornará a su cauce cuando la gente vuelva a saludarse con el sombrero.
Todo el mundo tiene derecho a contar su historia. A lo que no hay derecho es a confiarla al poder y que éste la haga oficial. Los docentes, intelectuales y profesores que han prestado (u ofrecido) su concurso para redactar una historia nacional que es parte de un proyecto oficial perdieron la credibilidad por el camino. Así como antes, desde el poder, se promovían los textos de Craviotto, estos textos de ahora valen lo mismo: son "craviotextos". El tiempo pasa y sigue apareciendo gente con apuro por difundir su versión del pasado en el tiempo que le queda.
La mayoría de los uruguayos avizoró el advenimiento de un tiempo de propuestas de futuro: hoy no sabe a qué atenerse. Quizás rememoren, consternados, aquel pasaje de Kundera en su Libro de la Risa y el Olvido: "La gente grita que quiere crear un futuro mejor, pero eso no es verdad. El futuro es un vacío que no le interesa a nadie, mientras que el pasado está lleno de vida y su rostro nos excita, nos irrita, nos ofende y por eso queremos destruirlo o retocarlo. Los hombres quieren ser dueños del futuro sólo para poder cambiar el pasado. Luchan por entrar al laboratorio en el que se retocan las fotografías y se reescriben las biografías y la historia".
¡Qué lleguen los jóvenes de una vez, los jóvenes sin recuerdos, y reemplacen a los viejos abrumados de memorias!