Una vez más, las pruebas Pisa que evalúan a nivel internacional el grado de aprendizaje de los liceales reflejaron el estancamiento de la educación uruguaya. Mientras otros países latinoamericanos registran avances, el ranking muestra a Uruguay sin un progreso apreciable entre las evaluaciones de los años 2003 y 2009, es decir, en estado de estancamiento.
Aun más grave que eso es que estas pruebas que miden los conocimientos en matemáticas, lenguaje y ciencias, confirman que la educación pública no logra revertir las diferencias socio-culturales entre los estudiantes. Por el contrario, en lugar de convertirse en factor de ascenso social, nuestra enseñanza termina por ahondar las diferencias entre los grupos más favorecidos y los más problemáticos.
El ahondamiento de esa brecha se hace más evidente cuando se compara la situación de la educación impartida en los institutos oficiales y la privada, con ventajas cada vez mayores para esta última.
Esta evaluación realizada el año pasado ratifica el fracaso de nuestro sistema educativo en su objetivo de convertirse en instrumento capaz de dar oportunidades a todos, y de mitigar las desigualdades sociales e incluso los desniveles por localización geográfica, ya que el estudio revela la desventaja de los institutos ubicados en el interior del país con relación a los de la capital.
Al asumir en marzo pasado la presidencia, José Mujica prometió darle prioridad a la educación.
Por el momento el tema sigue en promesas aunque el resultado de las pruebas Pisa, realizadas con estándares internacionales, debe obrar como una señal de alarma en la materia y como acicate para pasar, de una vez por todas, de las palabras a los hechos.