JORGE ABBONDANZA
Iván el Terrible murió en 1584, pero dejó en Rusia una marca de despotismo que ha perdurado. Para renegar de ese pasado, el Parlamento ruso aprobó hace ocho días un texto donde reconoce oficialmente que la matanza de Katyn (1940), donde el Ejército Rojo asesinó a 22.000 oficiales polacos que había tomado prisioneros, fue cometida por orden directa de Stalin. Ese reconocimiento fue aprobado pese a la oposición de los diputados comunistas. Sería bueno saber qué opinaría ese sector si se trataran en el mismo ámbito las Purgas de Moscú, otro espectáculo macabro donde Stalin mandó ejecutar a miles de disidentes soviéticos, incluidos sus ex compañeros de gobierno.
El régimen stalinista abarcó un cuarto de siglo (1927-1953) y fue la cumbre del totalitarismo impuesto por la URSS, con episodios genocidas como la colectivización forzada de la población campesina, el destierro masivo de ciertas nacionalidades o la planificada hambruna de Ucrania. Con esas cifras millonarias, Stalin le ganó al vecino Adolf Hitler, que fue su aliado entre 1939 y 1941, antes de ser su invasor. Sin embargo, el rostro del stalinismo sería santificado por la victoria en esa guerra contra Alemania, en la que murieron 26 millones de soviéticos y que ahora explica la nostalgia de quienes siguen enarbolando el retrato de Stalin en sus marchas callejeras, donde el déspota figura como Padre de la Patria en un rasgo involuntario de surrealismo.
Aunque el sistema que hoy gobierna a Rusia tiene formalidades democráticas, conserva unos cuantos rasgos de la vieja intolerancia, porque las huellas de una larga dictadura no siempre pueden extirparse de inmediato. El antiguo régimen había universalizado la obediencia, por lo cual hoy sería ilusorio esperar que Vladimir Putin -educado en la disciplina de la KGB- sea indulgente con la desobediencia. Un reflejo de ese molde que fue de hierro, puede verse en lo que le ocurre a periodistas rusos que muestran actitudes críticas frente al poder, porque algunos de ellos han sido asesinados a balazos por manos anónimas en pleno centro de Moscú durante los últimos años.
Al prestigioso Oleg Kashin no le fue tan mal. A mediados de noviembre unos matones lo apalearon en la puerta de su casa, pero sobrevivió. Se trata de un cronista de gran notoriedad que aborda en sus textos, publicados por el diario Kommersant, algunos temas capaces de incomodar a las autoridades, desde la actividad de sectores nacionalistas hasta la corrupción en torno al trazado de una nueva carretera en suburbios de la capital. Ahora Kashin está avisado y habrá que ver si opta por la autocensura para salvar su vida o mantiene el coraje habitual. La nueva Rusia, heredera de tantos fantasmas del pasado, tiene esos entretelones para demostrar que Iván el Terrible no murió del todo.