DIEGO FISCHER
Hace algo más de dos décadas viajé por primera vez a Lima. Recuerdo la impresión que me dio ver aquella ciudad ocre, sucia y maloliente que, para colmo, estaba jaqueada por una serie de huelgas y bajo amenaza permanente de Sendero Luminoso que por entonces vivía sus sangrientos días de apogeo. Viajé con otros dos colegas a participar en un curso de periodismo en la Universidad Pontificia. Nuestro desembarco se produjo de nochecita. Al arribar al hotel, ubicado en pleno centro, nos recomendaron que no saliéramos a la calle por seguridad. Sentí que estaba en otro mundo. Con el correr de los días comprobé que efectivamente estaba en un país totalmente diferente al mío y fui descubriendo una ciudad de contrastes brutales y un pueblo, el peruano, de cortesía infinita.
En la pasada madrugada llegué de Paysandú, adonde concurrí a participar en una de las actividades que realizó la Asociación Down de aquel departamento (Asdopay), una institución fundada y dirigida por padres de niños Down , que cumple quince años y que lo festeja mostrando los logros excepcionales de sus hijos. Paysandú luce como hacía muchos años no se la veía. Las calles están limpias e iluminadas, su avenida España con sus faroles estilo francés y sus canteros de baldosas andaluzas desbordan de flores, que nadie toca y mucho menos roba. La gente conserva su característica cordialidad y buen humor y no lo pierde aunque -como en estos días- la temperatura ronde los treinta y cinco grados y la sensación térmica sea aún mayor. Los sanduceros se sienten orgullosos de su ciudad y tienen motivos; pese a que en los últimos meses un par de hechos de sangre, protagonizados por menores, los hizo caer en la cuenta de que no son inmunes a lo que sucede a diario en Montevideo.
Ayer, cuando volvía, y el ómnibus iba entrando a Montevideo, sentí la misma sensación que cuando fui por primera vez a Perú : llegaba a otro país. Calles mugrientas ,oscuras, colmadas de basura por el conflicto del Consorcio Ambiental del Plata y del ya tradicional paro de Adeom; ese costosísimo culebrón que lleva una década. Pero no sólo era la basura lo que más impresionaba, sino la gente durmiendo en la calle. En Bulevar Artigas y Garibaldi: donde años atrás funcionó una automotora, permanece instalado una suerte de asentamiento al aire libre..
Amigos que han viajado últimamente a Lima me han dicho que la ciudad está irreconocible. Poco o nada queda de aquellas calles sucias y llenas de personas viviendo a la intemperie. Lima queda muy lejos. Paysandú a tan sólo seis horas de ómnibus. ¿Por qué los sanduceros pueden sentirse orgullosos de su ciudad y los montevideanos nos hemos resignado a avergonzarnos de la nuestra?