Parricidas

Hebert Gatto

Confieso que contrastando con las suspicacias que su pasado suscita, los comienzos de la gestión de Mujica lograron entusiasmarme. Aquellos discursos plenos de tolerancia, liberalismo y buena voluntad, las promesas de apertura al mundo y a la tecnología, su capacidad comunicativa, confluían en presentarlo como un hombre capaz de sortear el dogmatismo de izquierda sin caer en el populismo.

La rápida solución del conflicto con Argentina, la invitación a la coparticipación, el acuerdo interpartidario, la integración conjunta de misiones en el exterior, confirmaban sus palabras.

Algunos, más optimistas, intuían incluso al estadista. Los mismos que en esos albores lo sentían capaz de limarle al Frente sus remanentes antisistema e insertarlo definitivamente en el sistema de partidos, tan urgido de una izquierda racional y dialogante para dejar atrás el pasado. Transcurridos pocos meses, quizás demasiado pocos, esa estimación, que con distintos matices la opinión pública compartía, comienza a debilitarse. Lo más extraño es que esto ocurre mientras el país atraviesa una situación de inusuales tasas de crecimiento, baja desocupación y un futuro económico que casi todos continúan considerando promisorio. ¿En este contexto, qué justifica este declive de las expectativas; este inquietante recelo que a tantos nos gana?

Admito que es muy pronto para respuestas concluyentes y no excluyo el retorno al camino del consenso. Tengo esperanzas y preferiría conservarlas. Desgraciadamente a ellas se opone el ascenso de una lógica confrontativa que se consolida a ojos vista. No, como sería pensable, a nivel de la oposición, en general cansina y falta de propuestas, sino en la misma coalición oficialista y en el campo sindical.

En su entorno, el Presidente soporta un doble cerco: su grupo de procedencia, nostálgico, dividido y poco convencido del gradualismo del gobierno y el conformado por los restantes partidos frentistas que faltos de conducción central comienzan a hacer valer sus intereses sectoriales. Valga aquí el triste ejemplo de la "anulación" de la caducidad. A ello se suma, aún en ciernes, el choque por la herencia presidencial, entre Tabaré Vázquez y, por el oficialismo, la senadora Topolansky. Por ahora, pero no por mucho, ideas y personas pugnan por separado.

A este tenso panorama se agrega una amenaza externa. Pese a la mejoría económica y a diferencia del período anterior, los gremios emergen como la principal oposición al gobierno. La izquierda uruguaya no afrontó la desaparición de sus utopías, las barrió para adentro, como consecuencia el conflicto ideológico, reprimido en el plano político, se desplazó mayoritariamente al campo sindical.

Como si reviviera el viejo anarcosindicalismo y los gremios, inmersos en lo que perciben como "la lucha política de clases" y su corolario revolucionario, sustituyeran a los partidos en la resucitada brega anticapitalista o prestaran cobertura a aquellos que desde siempre juegan en ambos escenarios. Un fenómeno que la propia izquierda alentó pero que ahora amenaza engullirla. ¿Será nuestro bienintencionado Presidente la figura indicada para sortear tantos vendavales?

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