ALFONSO LESSA
Néstor Kirchner fue poderoso y polémico, de estilo duro, que polarizó a la sociedad de su país. Durante una década marcó la agenda, se afirmó como jefe del peronismo y se transformó en referente para seguidores y adversarios. La multitud que lo despidió, entre la que había muchos jóvenes, demuestra que dejó una huella.
Falta mucho para un balance definitivo. Es la hora del luto y del respeto, pero su muerte se transformó en un hecho político de primerísimo nivel que ha precipitado especulaciones y análisis. Y hay elementos que su desaparición no justifica ignorar. Con Uruguay mantuvo relaciones extremadamente agresivas y tensas. No sólo rechazó a Botnia, también fogoneó el corte del puente violando todas las normas y principios, paralizó temas pendientes, hostigó al sistema financiero, chocó con Batlle y acosó al gobierno de Vázquez, por un tema que en lo central era apoyado por todo el sistema político. Y hace muy poco reiteró que la lucha contra UPM seguía siendo causa nacional. Inexplicable para quien presidía la Unasur.
Kirchner fue, ante todo, un constructor de poder. Llegó a la presidencia con sólo el 22% de los votos, cuando Menem, que logró el 24%, no se presentó en la segunda ronda. Muchos apostaron a un futuro tambaleante, pero supo construir poder; y si bien lo hizo desde un discurso renovador, transitó cada vez más por el camino de la más pura ortodoxia peronista, apoyándose en intendentes, "punteros", gobernadores y dirigentes sindicales a los que antes había dicho enfrentar.
Sus seguidores lo recordarán por su discurso, sus gestos en materia de derechos humanos, el rechazo al FMI y el pago de la deuda, por la renovación de la Corte -un aporte a la institucionalidad reconocido por la oposición- y una etapa de crecimiento económico en línea con la región con algunos logros sociales. Otros recordarán sus actitudes autoritarias, sus peleas con sus ex aliados, sus ataques a medios y periodistas, el uso político permanente de las violaciones de los derechos humanos. Por la confrontación como un estilo de hacer política y por las denuncias de enriquecimiento.
Kirchner asumió una postura más agresiva en algunos temas internos, luego de dejar la presidencia: así ocurrió en la lucha contra sectores del campo o contra periodistas y medios que, como el grupo Clarín, él mismo había ayudado a potenciar.
Parece claro que ahora se desatará una dura lucha para ocupar al menos parcialmente el espacio del ex presidente.
Cristina Fernández no es una improvisada: tiene experiencia política y ha dado muestras de inteligencia. Cuando pase el primer impacto por la desaparición de su esposo -con elecciones en 2011- deberá asumir un enorme desafío: el de gobernar mientras se reacomodan las fichas de un movimiento tan complejo y heterogéneo como el peronismo, el mismo que la cobija a ella y a algunos de su más duros adversarios.