Cerca de mitad de año, leí una nota de nuestra conocida Silvia Pisani en "La Nación" de Buenos Aires, donde daba la noticia de la aparición de un libro de Doña Laura Bush, que vendido al precio de 30 dólares por volumen había trepado, en pocos días al N° 1 de los best sellers en la categoría de no ficción del diario The New York Times. La periodista se refirió a varios pasajes del texto en que se narran intimidades (de "aquello", nada) que los Bush vivieron tanto en la Casa Blanca como en sus viajes alrededor del mundo, incluida una sospecha de envenenamiento contra la comitiva presidencial en un hotel de Alemania, en ocasión de la concurrencia del mandatario norteamericano a la Cumbre del G-8 en 2007. Asimismo, cuenta la autora de "Spoken from the Heart" ("Desde el corazón") su sorpresa frente a la insuperable pareja del Príncipe Carlos de Inglaterra y su esposa-mochila-Camilla que beben whisky hasta llegar a las primeras estrofas de "God save the Queen", que interrumpen cuando, en medio de la mamúa real, tienen un minuto de lucidez para darse cuenta de que es precisamente por ese amparo divino, que Charles no arriba al trono.
Doña Laura confiesa que recién cuando se alejaron de la White House, ella y su marido percibieron que habían estado allí en permanente estrés, y al retornar al rancho tejano volvieron a vivir.
Claro: en ese regreso no todas habrían de ser flores... porque George W. aprovechó la tranquilidad del ambiente para escribir, también él, sus Memorias. El libro resultante ("Decision Points", esto es "Momentos decisivos") ofrece la versión de 14 medidas que debió adoptar el ex presidente en otras tantas situaciones límite que se alternaron durante su gestión.
Se anuncia que la novedad literaria estará en los escaparates de las grandes y pequeñas librerías de los Estados Unidos de América en noviembre próximo, una semana después de las elecciones legislativas.
Sería deseable que Bush no haya reiterado algunos rasgos distintivos de su "desmemoria", acostumbrado como está a confundir episodios y protagonistas de la historia, como suele hacerlo en improvisadas incursiones oratorias que lo hicieron famoso: errándole a la Revolución Francesa a que quiso aludir, nombrando a la Revolución Industrial; entreverando a la Batalla de Trafalgar con la de Waterloo, echándole la culpa de ambas a Carlomagno; y adjudicándole el invento del pararrayos a su predecesor, Benjamín Jefferson.
En suma: habrá que esperar unas semanas para conocer esas revelaciones, que escribió entre caídas de su bicicleta por las inmediaciones de su "ranch"... hábito que lo mantiene en línea, aunque con chichones y machucones.