Pablo Da Silveira
Mis reflexiones sobre el concepto de participación generaron una respuesta de María Elena Laurnaga en Caras y Caretas, y un par de líneas tontas del director de esa revista. También Pablo Ney Ferreira ha escrito sobre el tema en el semanario Voces. Todo eso es positivo. Es bueno que se perciba al concepto de participación como una idea a discutir, y no como un mantra a repetir mecánicamente. Malo sería que se profundizara el intento de sustituir la democracia representativa por un modelo alternativo sin que nadie se tome el trabajo de reflexionar sobre lo que se está haciendo.
Pero lo importante no es sólo discutir, sino tener un debate de buena calidad sobre el tema. Y para eso debemos evitar algunas confusiones.
El debate entre defensores y críticos de la participación no es, en primer lugar, una discusión entre demócratas más o menos convencidos. Criticar a la democracia representativa tradicional no es sinónimo de abogar por más democracia, ni criticar la participación es síntoma de escepticismo. Entre los defensores de la participación hay mucha gente que tiene credenciales democráticas muy débiles, incluyendo algunos que lucharon activamente contra las instituciones democráticas. Y entre los defensores de la democracia representativa tradicional se cuentan muchas personas con una fidelidad democrática intachable. "Más participación" no es lo mismo que "más democracia", del mismo modo que "más democracia" no es lo mismo que "democracia en todos lados" (no es bueno, por ejemplo, que el Poder Judicial funcione contando votos).
El debate entre defensores y críticos de la participación tampoco es una discusión entre progresistas y conservadores. Es verdad que muchos críticos de la participación son políticamente conservadores, pero también es verdad que hay defensas progresistas de la representación y defensas conservadoras de la participación. Los ciudadanos de los cantones suizos en los que hasta hoy se niega el voto a las mujeres son muy participativos y al mismo tiempo muy conservadores. Y si por "conservador" se entiende alguien favorable a formas de gobierno oligárquicas, entonces puede afirmarse que los gobiernos participativos suelen ser conservadores porque tienden a instalar una nueva oligarquía: la de los militantes.
El debate entre defensores y críticos de la participación tampoco es, por último, una discusión entre quienes quieren "empoderar" a los ciudadanos y quienes prefieren mantenerlos débiles. El "empoderamiento" de los ciudadanos es una buena razón para rechazar los esquemas participativos, porque esos esquemas someten las decisiones cotidianas de las personas al dominio de aparatos políticos o de mayorías locales.
El debate sobre la participación es esencialmente una discusión sobre las mejores maneras de ejercer ciudadanía en una sociedad democrática a principios del siglo XXI. Y no es etiquetando ni simplificando que vamos a avanzar, sino reconociendo que ese problema no tiene soluciones triviales. La democracia representativa tiene ciertamente insuficiencias, pero seguimos sin encontrar mejores alternativas.