Pablo Da Silveira
En su edición del 30 de septiembre, este diario difundió un documento preparatorio del próximo congreso del MPP que dice mucho sobre el modo en que esa fuerza política entiende el concepto de participación. El asunto no es nada menor, en parte porque se trata de un concepto central para la ideología del movimiento (la palabra forma parte de su propia denominación) y en parte porque estamos hablando de la fuerza política que controla a la mayor bancada parlamentaria del país.
Lo primero que llama la atención es la claridad con que se formulan los objetivos de control político sobre espacios sociales supuestamente autónomos. Por ejemplo, el texto llama a instalar militantes del MPP en "escuelas y liceos, a través de la participación en los Consejos de Participación creados por el artículo 76 de la Ley de Educación", con el propósito de incidir sobre lo que se resuelva en esos ámbitos.
Una vez más nos topamos con el doble discurso tan típico de nuestra izquierda. Cuando alguien dice que la creación de los llamados espacios de participación social forma parte de un operativo de control político, muchos niegan el punto y tratan de conservadores a quienes lo formulan. Pero luego, en las internas partidarias, se dicen y hacen cosas que confirman la acusación.
Lo segundo que llama la atención es la errónea teoría de la participación que, de manera más genuina, sostienen los ideólogos del MPP. Según esa teoría, lo normal es que la gente participe siempre. Cuando eso no ocurre, estamos ante una patología que hace falta explicar: "A partir del proceso de deterioro del tejido social -dice el texto-, hemos vivido un descenso en el nivel de participación y en el sentimiento de pertenencia dentro de la comunidad".
Dejemos de lado la atribución causal excesivamente rápida, o la confusión que supone identificar el sentimiento de pertenencia con la participación. La pregunta es: ¿por qué debería esperarse que la gente esté dispuesta a participar todo el tiempo?
En el año 1982, Albert Hirschman publicó un libro que se llama "Compromisos cambiantes: interés privado y acción pública". En sus páginas muestra cómo, a lo largo de nuestra vida, oscilamos entre períodos de fuerte compromiso con causas públicas y otros lapsos en los que nos centramos en la búsqueda y disfrute de nuestros intereses privados. El factor que mejor explica esa dinámica es la decepción: ni una vida de compromisos puramente públicos ni una vida exclusivamente centrada en lo privado son capaces de satisfacernos todo el tiempo.
Albert Hirschman es un autor famoso y respetado por la intelectualidad de izquierda. Esta obra específica tuvo una gran repercusión. De hecho es muy fácil encontrarla, porque en el año 2002 se publicó una nueva edición celebratoria de la original. Pero nada de esto parece llegar a estas lejanas playas. Nuestra militancia de izquierda, provinciana y esclerosada, sigue encerrada en el cultivo de sus propias obsesiones sin atender a lo que hace ya mucho ocurre a su alrededor. Tras haber alentado ese encierro durante años, el Presidente Mujica quiere ahora romper con él. Ojalá tenga éxito.