REBAR
En mi calendario sentimental, la fecha de hoy está subrayada con el color de la evocación emotiva: el 7 de octubre de 1901, se casaron mis padres. El matrimonio se radicó en el Pueblo Peñarol, ubicándose en una de las históricas viviendas destinadas a empleados del Ferrocarril, entre los cuales revistaba el oficinista Alfredo Dámaso Barbero. Allí nacieron mis dos hermanas, que ya eran jovencitas cuando aparecí yo -atrasado, como siempre, en todo- "aterrizando" en Montevideo, en plena Gran Guerra, el mismo día de 1917 en que estalló la Revolución Rusa, lo que comprobaba una vez más, que las desgracias nunca vienen solas.
El jovencito funcionario de la Estación Peñarol, asistió -a los 16 años- a la fundación del C.U.R.C.C., el 28 de septiembre de 1891: y el apellido quedó soldado a la historia aurinegra. Diez años después, orgulloso de sus enormes bigotazos modelo "Manubrio", posaba, en foto de novios, junto a una joven de 23 junios, que contagiaba de dulzura cualquier ambiente que frecuentare.
Bien: clausuremos con alegre nostalgia esta crónica más o menos social a orillas del riel y vayamos al eje de la nota.
Rescato de un cajoncito de cosas olvidadas que jamás se olvidan, un tarjetón "decorado" en el ángulo superior izquierdo, con la imitación de un sello de lacre, que tiene grabada la cabeza de una mujer de alto moño y belleza helénica: la intención debió ser (supongo) emblematizar la acción femenina en la vida pacífica del hogar. El texto está encabezado con la palabra Menú en finísimo dorado, y sigue: ... del Banquete dado al joven Alfredo D. Barbero, despidiéndolo de la vida de soltero. (En rima y todo). El tal Menú consistía en: "FIAMBRES. Gallinas rellenas. Lechón al horno. ENTRADAS - Sopa de julien. Cordero a lo Barbero. Mayonesa de corvina. Ravioles. Conejos saltados. Croquetas. Ensalada. Tortilla quemada al rhum". Para rociar este caos, los organizadores ofrecían: VINOS. Barbera, Harriague y Pons. POSTRES. Dulce, queso, Café, Chartreux, Champagne; y Habanos. PEÑAROL. Octubre 6 de 1901".
¡La víspera del casorio!... Curiosamente, guardé el tarjetón pero nunca tuve oportunidad de comentar con el bueno de don Alfredo Dámaso, esa frondosidad gastronómica: pero, estoy seguro de que, con su proverbial buen humor, me habría dicho: -Como te imaginarás, yo no ingerí ni la cuarta parte de todo eso: de hacerlo, no me habría despedido de la vida de soltero... sino de LA VIDA.
Papá: quise recordarte en esta anécdota, con mi cariñosa sonrisa... y la sonrisa de mis antiguos lectores, que no tuvieron la dicha de conocerte. Chau, viejo.