Leonardo Guzmán
Al entregar el Rotary Club de Montevideo el premio Paul Harris a Enrique Beltrán Mullin -luz rectora, pluma de acero-, ocupó la tribuna el Dr. Nelson Castro. Médico y periodista, su trayectoria -no exenta de sinsabores- le ha valido autoridad personal, por encima de los medios argentinos que a diario recogen sus conceptos desde hace décadas.
El Río de la Plata tiene una rica tradición de médicos que sellaron etapas egregias de filosofía y reflexión, dirigiéndolas al común, en la plaza pública: José Ingenieros, Alejandro Korn, Emilio Oribe, Isidro Mas de Ayala. Tenemos historia noble del trasiego de periodistas uruguayos que sin signo político se consagraron en la Argentina -todos fuimos deudores del Billiken, fundado por el rochense Constancio C. Vigil. Guardamos memoria de las veces que los argentinos perseguidos irguieron la pluma en la prensa montevideana, en una ruta que abrieron Domingo F. Sarmiento y Bartolomé Mitre.
Por ese ir y venir repleto de raíces históricas, por encima de diferencias y cortes -del puente San Martín últimamente, de las fronteras desde 1952 a 1955- el Plata ha vivido una historia común de la prensa y la libertad. En esa historia común deben quedar inscriptos los conceptos de Nelson Castro, cuya versión completa obra en las páginas rotarias de Internet.
Subrayando el papel de la prensa como contrapoder -es decir, como freno a la expansión sin límites de los gobernantes de turno, tentación "inmanente a la psicología"-, debe calarnos hondo el alerta que pronunció contra los que, a pretexto de buscar una mayor pluralidad, procuran formar "estructuras fuertemente influenciadas por los gobiernos". Debe calarnos hondo porque es verdad que "cuando se acalla la prensa libre sufren todos los sectores sociales", es verdad que "el periodista es el interrogador frente al poder" y es verdad que eso no se sustituye con la comunicación oficial que, al ser "unilateral", "no tiene contrastes ni contrapesos".
Todo eso es verdad, porque la libertad de prensa no le pertenece al periodismo sino a la gente. En rigor, ella es nada menos que un capítulo fundamental de la libertad de expresión del pensamiento. Lo fue en el pasado, cuando, venciendo la Inquisición, la imprenta divulgó el libro, generó el panfleto y el diario, llevando ideas y noticias a donde hasta entonces se sabía poco o nada. Y lo es ahora que, al contrario, Internet nos inunda y atomiza con mucha más información que la que nos cabe en el caletre.
¿Por qué? No sólo porque la libertad es esencia del hombre, razón que por sí sola sería más que suficiente. Además, porque, en medio de la multiplicación de noticias y mensajes, es cada vez más necesario afirmar principios y transmitir métodos que llamen a pensar y sentir por cuenta propia, enriqueciéndonos recíprocamente la vida con polémicas y matices, en vez de dejarnos anestesiar o aturdir con monodias.
Saber no es acumular datos como el Memorioso Funes. Es, desde los datos, procesar conceptos y revivir principios. Esa es misión inextinguible del hombre. Y por eso, es, como el hombre, inextinguible el periodismo, con su legión de luchadores, sufrientes y mártires.