Es la cultura

IGNACIO DE POSADAS

En ciencia política hay una corriente de pensamiento que sostiene que la cultura es anterior, independiente y predominante, con relación a la política y, habiendo vivido en, o próximo a ésta muchos años, he terminado por rendirme: Digo rendirme, porque si se acepta esa tesis, las perspectivas de cambio para una sociedad se hacen muy desesperanzadoras. En política es viable actuar, incidir, provocar por lo menos reacciones. La cultura es algo aluvional, con una inercia que tiende a resistir los cambios. Sobre todo si esa cultura tiene un fuerte componente nostálgico.

Estos días, a raíz de distintos hechos, (intervenciones en la reunión de introspección del Partido Nacional, discursos del Presidente lamentándose de la cultura del paro, conversaciones con algún ministro sobre la judicialización de la política…) el tema me ha rondado en la cabeza, hasta que hoy leí en una publicación ("Montevideo Como Vamos"), los resultados de una encuesta que ejemplifican impactantemente, el tema.

Los entrevistados son preguntados si confían o no en 34 "actores institucionales" y las respuestas son (por lo menos para mí), brutalmente reveladoras de la realidad cultural que vive el Uruguay.

En una escala de 0 a 100, la institución que concita mayor confianza es la Escuela Pública (91), muy cerca vienen el Liceo Público (88); la UdelaR (87) y no tan lejos los hospitales públicos (79). Esa es la realidad cultural. Ahora bien, la realidad fáctica es que la Escuela Pública ha dejado de ser una institución trascendente en el país, los liceos públicos son una catástrofe por donde se los mire (violencia, decadencia física, nivel desastroso…) y la UdelaR ha sido calificada (cariñosamente), por el Presidente de "paquidérmica".

Pero no para ahí la cosa: en la encuesta las Universidades privadas vienen 13 puntos atrás que la UdelaR, (cuando es notoria la diferencia de nivel en prácticamente todas las actividades comparables), la Iglesia Católica recibe un nivel de 52 y el Poder Judicial de 47. Más allá de la ubicación teológica de cada uno, llama la atención en qué puede basarse una falta de confianza en la Iglesia y con respecto al Poder Judicial, si bien no está en un momento particularmente estelar, sorprende que reciba menos confianza que las instituciones educativas que lo nutren mayoritariamente. Hay algo inexplicable en todo esto.

O, mejor dicho, la encuesta se explica por la cultura. Los entrevistados emiten sus juicios no en función de los hechos, de la realidad que los rodea, si no de otra realidad, la que llevan adentro. La realidad cultural. Es la realidad que el Frente captó muy lúcidamente a comienzos de los `90 y capturó en el 2005. Irónicamente, es también la realidad que no lo deja gobernar.

Es la realidad que pone nerviosos a muchos dirigentes nacionalistas y los tienta a asimilarse a ella para ver si también el Partido Nacional la puede capturar.

Las raíces de esta realidad cultural penetran muy hondo en el tiempo: filosóficamente hasta Rousseau (por no seguirlas hasta Platón), pero en nuestro país se encarnaron filosóficamente con el batllismo. No el primero, el de José Batlle y Ordóñez, sino el segundo, germinado en la bonanza, crecido y expandido dentro de las murallas del proteccionismo y la regulación, a la sombra de los monopolios y el distribucionismo asistencialista de un estado que supo ser rico. Así, caló muy hondo y no sólo en el Partido Colorado. Andando los años, casi todo el país se hizo batllista (hasta la Iglesia en cierta medida). Tan batllista, que ni Jorge Batlle pudo cambiarlo.

Tan batllista, que Mujica no podrá cambiarlo.

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