JORGE ABBONDANZA
El domingo pasado se celebraron las Jornadas Europeas del Patrimonio. Los países de la Unión abrieron al público unos 15.000 monumentos antiguos, palacios y sitios de interés histórico que anualmente son visitados por cerca de 12.000.000 de personas. En Francia la fecha se festeja desde 1984, pero no sólo allí tiene éxito, porque en el Uruguay el Día del Patrimonio ha demostrado tal capacidad de convocatoria que se hizo necesario desdoblarlo en 48 horas para dar cabida a la multitud de visitantes. A ello se agrega la costumbre local de dedicar esa conmemoración a un tema determinado, que en 2010 (mañana y pasado) será El Teatro en el Uruguay.
Así se enseña a la gente que los bienes inmateriales, como las tradiciones escénicas, también integran el rubro patrimonial junto a las moles de piedra o ladrillo, aunque sean ellas las que protagonizan esta fiesta y atraen a una concurrencia interesada en recorrer por dentro lo que habitualmente sólo ve por fuera. En el caso europeo, lo que abre sus puertas en la ocasión es un mundo de esplendores históricos capaces de internar al público en los ejemplos visibles de un pasado a menudo deslumbrante. En el caso de una comarca de historia modesta como la uruguaya, la fecha sirve a los asistentes para revisar, y a veces descubrir, el testimonio de lo que esta comunidad ha construido y preservado en su desarrollo de tres siglos, para que la gente de hoy fortalezca su noción de una identidad colectiva y afiance su conciencia cultural.
Ambos valores pueden reavivarse cuando el visitante ingresa al Palacio Legislativo o el Museo Histórico, de forma similar a lo que ocurre cuando los franceses entran en la Asamblea Nacional o Los Inválidos durante sus Jornadas del Patrimonio: una visita que permite tener idea del pasado para comprender mejor el presente con la memoria bien equipada. Los Días del Patrimonio habilitan aquí el acceso a esa memoria, algo que el ciudadano debe reclamar no sólo a nivel político sino además en el área patrimonial. Ese privilegio tendría que figurar en el tablero de los derechos humanos, junto con el derecho a la vida, la verdad, la justicia o la libertad.
En el ámbito montevideano, empero, la gente se ha visto privada de algunos puntos de referencia invalorables (viejo Mercado Central, Barrio Reus al Sur, Palacio Jackson, Bazar Colón) porque la irresponsabilidad de algunos gobernantes ha admitido demoliciones que amputaron retazos de esa memoria patrimonial que era un derecho de todos, disponiendo de bienes de interés común como si su valor histórico o estético pudiera subordinarse al espíritu de lucro o a la antojadiza decisión de unas autoridades distraídas. Lo más saludable, sin embargo, no es lamentar lo que se ha perdido sino compartir mañana y pasado lo que se mantiene en pie.