Una llama sin fin

Ruben Loza Aguerrebere

Su talla enorme, su vitalidad y la barba blanca, que era el penacho de su fama, fueron los atributos exteriores de Ernest Hemingway, Premio Nobel en 1954. Aquellos atributos, se corresponden con el "hombre interior", que afloró en sus cuentos y novelas. Hay poca diferencia entre las aventuras de su vida y las de su imaginación. Quizá por ello sigue despertando la misma fascinación.

Tenemos, ahora, a la mano, afortunadamente, su libro llamado "Cuentos" (Debolsillo/RHM). Es la recopilación que el propio Hemingway hizo de todos sus cuentos en 1938, y en ella se encuentran algunos de sus relatos magistrales como "Las nieves del Kilimanjaro", "Los asesinos" y "Colinas como elefantes blancos".

Nacido el 21 de julio de 1899, en Oak Park (Illinois) a Ernest Hemingway lo atrapó el mundo al que lo condujo su padre, quien le regaló una caja de pescar y un rifle. Este mundo que describe en "El río de los dos corazones", que aquí está también.

Hemingway se enroló en la Cruz Roja, y terminó en el "Ospedale Croce Rossa Americana", donde se enamoró de la enfermera Agnes von Kurowsky, la heroína de "Adiós a las armas".

Al terminar la Primera Guerra Mundial, Hemingway se fue a París, y formó parte, con Scott Fiztgerald y otros de la "generación perdida", un universo que pintó, años después, en su hermoso libro de memorias "París era una fiesta".

Y luego descubrió, en España, los toros, en los sanfermines eternos de Pamplona, y escribió novelas con ese tema; y se fue después a cazar al África, donde obtuvo otros mundos para sus ficciones, como son los magníficos relatos "Las nieves de Kilimanjaro" y "La vida feliz de Francis Macomber", ambos en este libro.

Y detengámonos un momento por aquí, señalando, de paso, que tiene hermoso prólogo de García Márquez.

Al leer a Hemingway, hoy, uno advierte cuánta razón asiste al ilustre Harold Bloom, quien nos dice en su libro "Cómo leer y por qué" (reseñado en esta columna), quien lo define como "sobresaliente estilista", y observa que en sus memorables cuentos inolvidables: "la conciencia ocupa el lugar de la imaginación".

Al cabo de los años, Hemingway (Premio Pulitzer, Premio Nobel) se ha convertido no solamente en un escritor para exquisitos, sino, asimismo, y en ello coincido con Harold Bloom, en el "maestro más excelente del cuento estadounidense".

Por eso, recorrer estos 49 cuentos es un deleite. Sobre todo por su escritura. Palabras desnudas como cantos rodados, aprehenden la esencia de cada instante. Lo suyo es lo de Gide: decir lo más, con lo menos. Debiéndole a él mi vocación por las letras (desde que a los ocho años leí "El viejo y el mar") a tantos años y veinte libros después, me sigue asombrando su juventud estilística. Por eso me gusta decir: Dios nos libre de los escritores de moda, pues envejecen tan rápido como las modas, y sin embargo, Hemingway siempre es joven.

Se mató a los 62 años (en 1961), con un escopetazo; pero está vivo porque él creó una nueva manera de escribir. Un escritor privilegiado, que nos alumbra con su llama sin fin.

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