MATÍAS CASTRO
Ser adolescente es complicado en cualquier lugar del mundo. Ser adolescente y famoso tiene mayores complicaciones aún. Justin Bieber, canadiense de 16 años que se convirtió en estrella mundial de la noche a la mañana, sabe mucho del asunto. Miley Cyrus, que vive la fama desde que entró a su adolescencia, sabe más aún. En Uruguay es un fenómeno que vemos de lejos, por cierto y que de alguna manera nos afecta poco y nada.
Desde aquí solamente se ven las luces, pero el origen de ellas esconde algunos puntos interesantes. Por ejemplo, uno de ellos es la imposibilidad de tener una adolescencia normal en la que los mayores problemas sean la rebeldía ante los padres, el sentimiento de incomprensión o las ganas de llegar a ser alguien único en el mundo. No hay que ir muy lejos para descubrir que detrás de la fachada mediática en la que vive, Miley Cyrus puede sentir estas últimas dos características (lo de las peleas con los padres es un tema aparte), con la salvedad de que probablemente no tienen necesidad de aspirar a ser única en el mundo, porque la carrera que siguió ya la convirtió en tal cosa.
El gran problema es que no puede vivir en paz sin ser espiada por los paparazzi. Por eso, cuando días atrás se reconcilió con su ex novio, la noticia se difundió en todo el mundo minutos después de que alguien los fotografiase in fraganti, besándose en la camioneta de ella. El concepto de privacidad en la vida de gente así es algo altamente inestable, cosa que, indudablemente, sacude los nervios de cualquiera. Esto potencia los conflictos al máximo y, por lo tanto, también potencia las defensas ante cualquier invasión de la intimidad y estimula las ganas de generar fachadas.
Muchos adolescentes, ante las crisis de crecimiento y el descubrimiento de todo un mundo nuevo, optan por armar sus fachadas, algunas más obvias que otras. Pero cuando uno de ellos tiene millones de ojos encima, sabe que lo que hace vale millones de dólares y es adorado por todos, la cosa cambia.