Cada día, miles de montevideanos evalúan la situación de sus automotores, luego de haberlos dejado estacionados en la vía pública por cierto lapso. Si tienen ventanas rotas pero aun están allí, si una montaña de pedazos de cristal es el único testimonio de que el auto supo estar ahí pero ya no, porque fue hurtado, si le faltan partes pero sigue estacionado, si desapareció sin dejar rastros.
Los datos oficiales dicen que en lo que va de 2010, han sido robados 3.500 autos en todo el país. Más de 2.000 corresponden a Montevideo. Evidentemente estas cifras no incluyen daños y conatos de hurto que probablemente, si fueran incluidos, aumentarían en miles los números manejados.
Se nos dice que hay varias organizaciones delictivas que se apropian de vehículos y los sacan del país. Sí, por cierto que es así. Hasta están robando autos de colección, para luego venderlos subrepticiamente.
Pero tal vez el fenómeno más uruguayo es un tipo de robo que se ha multiplicado últimamente: el de autos con varias décadas de antigüedad. No de lujo, no de colección, no llamativos. Simplemente autos cuyas partes pueden ser vendidas ventajosamente a quienes necesitan repuestos hoy escasos, para unidades similares.
Se dirá que estamos ante un drama menor frente a las tragedias tremendas que día a día provoca la violencia que asuela al país. Pero un drama al fin, que deja planteadas varias interrogantes.
¿No puede la Policía liquidar la veintena de desarmaderos que estima tienen los delincuentes que desguazan autos? ¿Cuándo se dice que la Policía recupera 10 de cada 12 vehículos robados por día en Montevideo, se incluyen como recuperados los trozos fruto del desguace?