Mientras el vendaval de paros azotaba a nuestro país, José Mujica asumía sus responsabilidades presidenciales declarando, sin tener pelos en la lengua, que es hora de multiplicar los esfuerzos en lugar de dedicarse a hacer pancartas, marchas y medidas de paro... Estas tajantes palabras cayeron muy mal en el seno del Pit-Cnt.
Se acusó al primer mandatario, entonces, de dar un nuevo palazo a los trabajadores y se lo instó a que se ocupara de los asuntos de gobierno -"zapatero a tus zapatos", se le endilgó- que de los derechos de los asalariados se ocupaban ellos. ¡Cómo si tener paralizado a medio país no fuera un asunto fundamental y propio del gobierno!
En materia de suspensión de las actividades laborales, en sus más diversas modalidades, los uruguayos ya estamos curados de espanto.
Sólo nos faltaría, por lo visto, enterarnos de que un grupo de sedicentes representantes de los trabajadores ocupara las comisarías, los cuarteles, las oficinas presidenciales y el Parlamento, de manera tal que el famoso sistema de los Tres Poderes -base y esencia del sistema democrático al que nos honramos en pertenecer- pasara a ser objeto de las medidas de lucha de la nueva clase sindical, experta en el manejo de esta clase de herramientas de presión.
Hablamos de "la nueva clase sindical" porque esta dirigencia contrasta notoriamente con las antiguas, con las que tenían una fuerte cultura negociadora.
La actual, en cambio, primero ordena paros y recién después negocia y hasta decide ocupar el lugar de trabajo, no como una extrema medida de lucha sino como una presión inicial anterior a la negociación.
Al respecto, hace un par de semanas, El País recogió la opinión de varios empresarios foráneos que trabajan en el ámbito local. Por cierto, no representan la voz del "imperialismo explotador" (yanqui, por supuesto) sino de gente con una gran experiencia en el ramo, tanto aquí como en el exterior. Coinciden en definir las características más salientes del sindicalismo vernáculo. Lo hacen así:
1) Tiene un alto contenido ideológico y, por tanto, está radicalizado políticamente y, a menudo, busca el enfrentamiento, no la negociación. Sintonizan la onda de un pasado ideológico ya perimido, no la de la actual realidad mundial. Siguen con sus esquemas mentales rindiendo culto a las luchas de clases, ignorando que el Muro de Berlín se derrumbó y que la URSS se desintegró sin que nadie la empujara con un dedo: simplemente, implosionó.
2) El sindicato de cualquier empresa parece ser independiente de la central obrera de la actividad correspondiente. Las decisiones de uno y otra no siempre coinciden.
3) El número de sindicatos y el número de afiliados a ellos aumentó visiblemente desde que el Frente Amplio está gobernado y se reimplantaron los Consejos de Salarios. Ello produjo una nueva generación de dirigentes sindicales caracterizados por su juventud, su falta de experiencia y su impulsividad.
4) Las resoluciones sindicales son adoptadas frecuentemente por un escaso porcentaje del total de integrantes del personal de la empresa en conflicto.
5) El sindicalismo uruguayo parece no tener en cuenta la situación por la que atraviesa la empresa en cuestión así como, menos aun, la situación económica global. Pide siempre más y más beneficios sin preocuparse de dónde saldrá el dinero necesario para financiarlos: si se originará en el bolsillo empresarial o si provendrá del sobreprecio que se le aplicará al producto fabricado o comercializado, generador de inflación.
Las presentes consideraciones -y otras que se pueden hacer sobre el importante problema que hoy nos ocupa- suministran una pauta sobre los perjuicios que sufre y sufrirá nuestra sociedad. Más de una vez hemos reiterado que en el modus vivendi uruguayo se ha implantado una verdadera cultura del paro, costosa, injusta e ineficiente: primeramente, se para y mientras se mantiene el paro u otra medida más extrema, se negocia hasta conseguir lo que se reclama.
No se sabe dónde termina la negociación y dónde empieza la extorsión. Porque mientras transcurre todo este proceso, el país es víctima y rehén de la confrontación entablada.