María Julia Pou
En estos días se cumplió el centenario del nacimiento de Agnes Gonxcha Bojaxhiu a quien todos recordaremos como la Madre Teresa de Calcuta.
Su llegada al mundo se produjo en Uskub, actual Skopie, ciudad capital de la República albanesa de Macedonia, situada en esa región del mundo que una vez liberada del dominio turco pasó por las sucesivas dominaciones de Serbia, Grecia y Bulgaria. Pero su vida, su vocación la llevarían lejos de su país y según sus propias palabras esta albanesa de nacimiento se hizo ciudadana india porque allí era donde su labor se desarrollaría por el resto de su vida. En un mundo en el que parecería que sólo vale lo que cuesta, es reconfortante repasar la vida de esta mujer pequeña de físico, vestida con su sari blanco con bordes azules, que dedicó su vida a aliviar el dolor "de los más pobres entre los pobres".
El camino de esta excepcional mujer comenzó con la incorporación a las Hermanas de Loreto, y con su traslado a Irlanda donde aprendió el idioma inglés que le significó de una enorme utilidad en su vida misionera. Conoció el mundo en su geografía pero, fundamentalmente, en su gente. Este rasgo, su sensibilidad para captar y sentir como propias las situaciones dramáticas de los demás, la llevó a hacer las opciones definitivas de la entrega de su vida. De su propia boca tenemos el relato de su decisión final, de la entrega total para aliviar el sufrimiento de los que nada tienen y nada pueden. Fue en 1947 -lo recuerda con precisión- cuando levantó una mujer moribunda en las calles de Calcuta y la llevó a un hospital donde tuvo la primera, la única y la última cama en toda su vida.
Tenía claro la Madre Teresa el objetivo, la teleología de su accionar: "traer de vuelta a la sociedad a los hambrientos, a los desnudos, a los sin hogar, a los lisiados, a los que se sienten indeseados y rechazados".
Y para esa misión a la que se sintió llamada no escatimó esfuerzos de ningún tipo. Nos parece digno de destaque la actitud de apertura -religiosa, cultural- con que Madre Teresa hacía las cosas. En el viejo templo hindú dedicado a la diosa Kali, inauguró un hospital para los moribundos, y lo renombró "Kalighat", la "Casa del Corazón Puro". Allí morían todos con dignidad y con el más absoluto de los respetos por los ritos de su fe: los musulmanes leían el Corán, los hindúes recibían agua del Ganges y los católicos los últimos sacramentos.
Nos importa destacar este rasgo de respeto por los demás, pues hubo quien acusó a la Madre Teresa de tener como objetivo el de la conversión al catolicismo de todos a quienes llegara con su obra. Hasta en este aspecto vivó una vida moderna nuestra protagonista: no escapó a la pequeñez de quienes no pueden aceptar aquello de lo que ellos mismos no son capaces de hacer, de la entrega total de sus vidas a algo superior. Pero el testimonio de miles es más fuerte que las infamias de unos pocos que no entendieron nada cuando ella dijo que no podía parar de trabajar pues iba a tener toda la eternidad para descansar. Y agregó en un gesto de humildad verdadera: "a veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara esa gota".