El informe del Banco Mundial sobre el estado de la educación -sobre todo Secundaria- en Uruguay, lamentablemente no sorprende a nadie y es una simple ratificación de todo lo que se ha dicho y todo lo que se ve. Porque si los docentes enseñan con su ejemplo que la manera de defender a la Enseñanza es dejar sin clases a 300.000 jóvenes durante tres días (y los que van a venir), algo funciona muy mal en ese sector y parece que tendríamos que empezar por plantearnos un par de preguntas: ¿quién educa a los educadores? ¿Qué y cómo enseñan ellos?
Es que si la mitad de los estudiantes uruguayos tienen un aprendizaje insuficiente para ingresar al mercado de trabajo, no están preparados para ello, el tema alcanza niveles preocupantes, que pueden ser peores aún, cuando se manejan otros índices de la Enseñanza Secundaria como el rezago estudiantil, o directamente el abandono del sistema sin haber culminado el ciclo. A ello habría que sumarle el ausentismo docente, más allá del generado por las medidas gremiales, que desemboca en otra reflexión: si los docentes fueron estudiantes antes de ser docentes, ¿no recuerdan el efecto devastador, de jolgorio e irresponsabilidades que estas "faltas" generan en los alumnos? Muchos empiezan con el famoso "para qué voy a ir a clase si el profesor va a faltar", y terminan sepultando su derecho a estudiar, engrosando la lista de desertores y cerrando sus puertas al futuro.
Entre otras consideraciones de la realidad, el informe apunta a que la clave de un sistema de educación de excelencia está, justamente, en los profesores. Y "un buen sistema de selección (de profesores) debe terminar necesariamente en una etapa de prueba, en la que los mejores se quedan y los no tan buenos se capacitan o eventualmente se van". Y así como el informe sugiere "facilitar la salida de la profesión de docentes", también considera importante "facilitar la entrada de personas calificadas", incluso creando caminos alternativos para quienes ejercen otra profesión (en Inglaterra hay 32). En nuestro país hay, todavía, profesores de matemáticas, historia, literatura, biología o química que son ingenieros, abogados, médicos o químicos. Joyas de la docencia sobre todo en el Interior del país, que se encuentran perjudicados por una reglamentación segregacionista.
Pablo da Silveira considera que un punto en el que casi todos coinciden en el terreno de la enseñanza es "la importancia de la calidad docente como condición indispensable para cualquier logro. Sin buenos docentes ninguna política educativa será exitosa ni ningún presupuesto será suficiente".
El tema se centra entonces en los buenos docentes, que los hay y excelentes en nuestro país, pero, ¿cómo reconocerlos?
No es fácil, por la ausencia de sólidos criterios a la hora de sus calificaciones. En Uruguay existe una carrera funcional dentro de la enseñanza pública que comprende siete escalones. El grado más bajo es el uno y el siete el de mayor nivel. Cualquiera diría, entonces, que el punto está resuelto: la organización de una enseñanza de calidad y la atribución de mayores responsabilidades, deben descansar en los grado 7. Ocurre que en la Enseñanza y pese a su especificidad y su importancia, se aplica para los ascensos el mismo criterio -por lo menos es el principal argumento- que para el universo de los organismos del Estado: el de la antigüedad. Todos los docentes son promovidos automáticamente cada cuatro años, salvo pésimos informes (en vías de extinción) o graves irregularidades. Es decir, que el grado 7 lo que asegura es que ese docente lleva 28 años en la Enseñanza. No aporta ninguna garantía ni hay indicios -salvo burocráticos- sobre su nivel de calidad. Los buenos profesores quedan igualados con los mediocres por el implacable paso de los años que, lógico, es similar para todos.
"La prueba de que alguien es un buen docente -define Da Silveira- no tiene que ver con escalafones, sino con el simple hecho de que sus alumnos aprendan. Un docente de calidad es aquel que genera aprendizajes de calidad. Por eso es tan importante contar con información transparente y detallada que permita comparar desempeños. Pero las presiones corporativas se han ocupado de que eso sea imposible en este país. Con asombrosa impudicia, la nueva Ley de Educación lo prohíbe. Así vamos".