Francisco Faig
La semana pasada leí con atención un reportaje a mi amigo el historiador Lincoln Maiztegui, con ocasión de la publicación del quinto tomo de su formidable colección de Historia nacional "Orientales", que narra la vida del país a partir de 1985.
Maiztegui no es frenteamplista. Fue blanco, socialista en los setenta y ochenta, y nuevamente blanco nacionalista. Con coraje, pero también con mucha honestidad intelectual, sus textos avanzan sus posiciones en temas del país.
Se relatan hechos con la objetividad de un cirujano, pero también se escriben interpretaciones personales que no siempre, claro está, convencerán a todos. Ni siquiera a todos los blancos: es quizá, por ejemplo, muy benévolo con la valoración de Luis Batlle en su "Orientales 3".
Maiztegui denuncia en el reportaje, con la pasión que lo caracteriza, al establishment cultural del país. Acepta, porque es verdad, que sus libros se leen y son bien aceptados por el público.
Pero dice que aquí hay una historia oficial y que, no avenirse a ella, garantiza el ninguneo.
Estamos ante la colección más completa y mejor escrita de la Historia del Uruguay por un autor nacional, pero no hay forma que se la incluya en los planes de estudio de Secundaria, por causa "del enfoque".
El establishment cultural que gusta identificarse, explícitamente o no, con la sensibilidad de izquierda, ahoga al Uruguay. Dicta la interpretación de la Historia del país, pero no está dispuesto a confrontar sus graves carencias a la luz de investigaciones de signo distinto.
Nunca termina de condenar la dictadura de Cuba; prefiere solidarizarse, como hizo la FEUU, con el gobierno de Venezuela en la crisis con Colombia; nada dirá nunca de los crímenes del Khmer Rojo, y siempre se quejará de Guantánamo; exige presupuesto para la educación, como la Fenapes, sin atender la desidia de la mala gestión educativa; nos cansará releyendo interminablemente los poemas de Mario Benedetti, pero nunca leerá a Roberto Juarroz.
El establishment cultural extiende su manto de pequeñas certezas que pululan hasta transformarse en el sentido común nacional.
Que el Frente Amplio es más solidario, a pesar de que, aún hoy, las cifras de pobreza e indigencia no alcanzan los mejores guarismos del tiempo del gobierno de Lacalle.
Que el neoliberalismo privatizador es un infierno; siempre que no lo promueva el Frente sin ningún control.
Que la izquierda hace un gobierno honesto y dedicado; a pesar de que su desidia abruma en las cárceles, en el desorden de las Fuerzas Armadas, o en el desfalco impositivo que representa Alur.
Que nuestro destino es una América Latina unida, a pesar de que un día sí y otro también nos perjudiquemos frente a los intereses hora argentino, hora brasileros.
El establishment posa de independiente y veraz en el día, y pernocta al abrigo de contratos y pequeños curros de un Estado enriquecido y prebendario.
Maiztegui tiene razón. El mundo no es lo que este establishment endogámico y provinciano nos quiere hacer creer. Y hay que decirlo.