Carlos Alberto Montaner
La palabra "inmigrante" oculta la verdad. En ninguna parte del mundo, salvo para explotarlos, nadie quiere a los extranjeros, a los diferentes. Los democráticos atenienses los llamaban metecos y les negaban casi todos los derechos. Los espartanos los expulsaban regularmente de su ciudad mediante violentas razzias a las que llamaban xenelasias. A los judíos los internaron en guetos hasta que Napoleón los liberó. Marginar, atropellar y hasta matar a los "otros" es una reacción instintiva en casi todas las especies. El bicho humano no es diferente.
Joe Arpaio, el juez de Maricopa, Arizona, que encabeza las redadas en ese estado, es odiado por los hispanos, pero lo respalda la mayor parte de los anglos y los afroamericanos. Los políticos, que suelen ser grandes oportunistas, acaban inclinándose en la dirección que sopla el viento electoral. Da pena ver a John McCain apoyando hoy la mano fuerte contra los inmigrantes, cuando hace unos años, junto a Edward Kennedy, propuso una generosa amnistía para los indocumentados.
Es cierto que toda nación tiene el derecho a controlar sus fronteras y toda sociedad debe poder decidir quiénes residen o visitan su territorio, pero esa regla coincide con otro principio surgido de la lógica: carece de sentido exigirles a las autoridades, o exigirse a sí mismo y a los demás, aquello que es imposible de llevar a cabo. Sencillamente, es imposible deportar a once millones de indocumentados, a menos de que Washington declare un estado policíaco.
Más del 80% de estos inmigrantes ilegales proceden de América Latina: el 57 de México y el 24 de Centroamérica. ¿Hay algo que aprender de esas cifras? Sí, si se observa con un poco de profundidad. Hay dos países centroamericanos de los que sus habitantes no emigran clandestinamente a Estados Unidos: Costa Rica y Panamá. Son dos democracias en las que las sociedades han generado un modo de vida razonable con suficientes oportunidades, y en las que existe la movilidad social. Son dos países relativamente pobres, pero en ambos hay esperanzas de superación: ¿para qué emigrar a Estados Unidos?
Estados Unidos tiene dos maneras eficaces de combatir la inmigración ilegal: una, muy cuesta arriba, tratar de fortalecer el desarrollo económico y el Estado de Derecho en las sociedades de donde proceden esas personas para que la población no escape; la otra, potenciando la inmigración legal. Tiene más sentido facilitar visas de trabajo, exigirles a los inmigrantes que lleguen al país con seguros médicos y, si es necesario, que paguen por la educación de los hijos menores, que precipitarlos a los brazos de las mafias que controlan las frágiles vidas de los inmigrantes clandestinos. Cuando Reagan en 1986 impulsó la amnistía mayor de la historia del país, beneficiando a tres millones de personas, lo hizo por una mezcla de sentido común, compasión y preocupación por el bienestar de todos sus compatriotas, no sólo de los inmigrantes. Era la solución menos mala ante un problema que afectaba a todo el país.
¿Dónde estuvo el fallo? El error estuvo en no facilitar la inmigración legal a partir de ese punto. El 95% de estos inmigrantes clandestinos de hoy hubiera preferido acudir a Estados Unidos a trabajar legalmente, aún pagando por ello un costo. Es mucho mejor pagarles a las instituciones americanas que a los coyotes.
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