Leonardo Guzmán
Ante el procesamiento sin prisión de su sobrino, el Almirante Óscar Pablo Debali de Palleja renunció al Comando en Jefe de la Armada.
El gesto reconforta. No pertenece al Uruguay del esquive, que contagia el "no tengo nada que ver" y el "es asunto de otro". Revive el país que sabe de responsabilidades más allá de lo jurídico, donde la sensibilidad de la conciencia es una de las garantías del orden público. Restablece el yo como portador de los valores y energías de las instituciones, haciéndolo sentir no como una cruza de expectativas sino como fragua interior de actitudes de base.
Ojalá el ejemplo retoñe, aun con sus dolores -que son otra cosa que "un garrón" pues no nacen tanto en el error ajeno como en la hidalguía propia. Las incomodidades de la reciedumbre son necesarias para que la irrepetible personalidad de cada uno siga siendo el fundamento último de nuestro Estado de Derecho, como muy bien declara y manda el art. 72 de la Constitución. En ello finca la mejor luz de esperanza doméstica, pues. Se junta con otra, que llega de afuera.
La tecnología de los documentos viene ganándole la carrera a la restricción, la ocultación y la mentira. Wikileaks desatendió los riesgos al revelar nombres de colaboradores afganos en la guerra contra los talibanes, pero por encima de esa culpa se alza, imponente, el valor de su testimonio de que ya no hay secreto que valga.
Uno repasa con ternura los años en que había que refitolear folletos y recortes buscando una pista o un concepto. Con emoción que los años acrecientan, uno recuerda las polémicas históricas en que se enzarzaba el Dr. González Conzi, que iba de la radio al Parlamento y de su casa a El Día, llevando a pulso -"en el cartapacio"- documentos que exponía con tanta pasión polémica como honradez en los entrecomillados y su vida toda.
Hoy los documentos viajan vía satélite. Si están en papel, un escáner de 70 dólares los convierte en cibernéticos. Si son secretos, los revela un "hacker" o los cuelga Wikileaks en Internet. Acaba de hacerlo con la mayor parte de los 91.000 documentos -incluyendo una matanza de civiles en una calle de Kabul- que le pirateó nada menos que a los servicios de custodia de los Estados Unidos. Al instante. Sin esperar las décadas que el Departamento de Estado demora en "desclasificar" -léase revelar- lo que se dispuso mantener "clasificado"- es decir, oculto.
Los abogados -trabajadores de la prueba y no sólo del concepto- hemos podido apreciar la mutación, reflejada en la ley y los tribunales. Los periodistas también. Pero ahora el cambio desborda los oficios. Abarca a todos, porque pone al alcance de todos las intimidades de lo que fuere -incluyendo secretos del Pentágono y miserias del trato vaticano a la pederastia. Celebremos. La nueva tecnología trae más libertad para derribar secretos.
Eso sí: ante el alud documental, ni dejarnos aplastar ni encogernos de hombros. Ante el pulso electrónico hoy como ante el papiro hace siglos, sigue siendo misión afirmar principios, sintetizar conceptos y afirmar valores, en actos de libertad creadora. Y allí finca la principal luz de esperanza.