Jueces y pendencias

Leonardo Guzmán

Tras el Mundial, los jueces quedaron en el banquillo de los acusados. El ojo electrónico registró más y mejor que ellos; y a todos nos dejó perplejos e indignados que se violen las reglas aplicables a verdades que patentizan los televisores de todo el planeta.

Esto de no cortar el juego medio minuto para despejar con el "replay" faltas y goles dudosos, es hábito que sobrevive a pretexto de agilidad del espectáculo. Pero por no enterarse la FIFA de las virtudes documentales del video, se cometen injusticias machazas. Ergo: las filmaciones terminarán abriéndose camino para resolver los casos difíciles; y la versión amplificada que recibimos todos va a superponerse con la que tengan a su vista los decisores, que así dejará de ser íntima, personal y subjetiva.

Cuando tal ocurra, disminuirán los riesgos de arbitrariedad y los acatamientos a regañadientes. En su lugar aumentará el consenso, no como triunfo del poder de unos sobre otros sino como espíritu objetivo, capaz de obedecer con limpidez la suprema regla -liberal, unificante- de aceptar la verdad y acatar sus consecuencias lógicas. En otras palabras: el método ahondará en la búsqueda de la verdad y dejará de ser un juego de biombos que amparan la mentira con fallutos mantos de legitimidad.

Eso hace falta en el balompié cada vez que hay partido. Y hace falta en la vida cada vez que respiramos. Porque -¡vaya!- no son sólo los jueces de fútbol los que cultivan la paradoja -lúcidamente diagnosticada por Maggi- de excluir de su caletre las evidencias.

Cualquier operador de una terminal nos espeta, suelto de cuerpo, que "el sistema" no permite ingresar un dato relevante cuya prueba esgrime uno con documentos a la vista; pone cara de "bueno ¿y qué?" si se le cuestiona la legitimidad de esos "sistemas" que se desentienden de la verdad sustancial; y si se le hace ver que son inicuas las resultas que profieren las teclas o manuales que aplica mecánicamente, adopta gesto de "yo no tengo nada que ver con las consecuencias de lo que hago". ¡Todo lo cual es la negación misma de la persona!

El tema desborda al fútbol y a las terminales. Hoy inficiona todas las relaciones humanas, Derecho incluido. Por tanto, al regresar en la jornada a las barandas judiciales, sintamos -ojalá todos- que, además de pugnar por cada expediente, debemos defender juntos principios generales que son fundamentos -Couture- y experiencia a cuenta -Vaz Ferreira- y no son sólo argumentos para echarles mano según convenga a las exigencias del libreto. El Derecho no es únicamente argumentación. Se reduce a ella sólo cuando se resquebrajan sus bases y su columna vertebral. No tiene "dos bibliotecas para todo", como se aduce con liviandad. Se edifica en sufrimientos, desde los cuales sienta principios y desarrolla conceptos.

Desde el alarido de quienes lo sintieron escarnecido -en la hoguera de la Inquisición o en la hoguera de nuestra cárcel de Rocha-, el Derecho es clamor por reglas generales y abstractas vitalizadas en el afán nuestro de cada día.

Por eso, la lucha por el Derecho es incompatible con el relativismo, la dejadez y la pereza.

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