ALEJANDRO NOGUEIRA
La catarsis celeste, la furia roja, el jugo de naranja, eclipsaron un poco la no tan colorida llegada de los primeros presos políticos cubanos a Madrid, deportados, sin estatus político, libres al fin, agrisados por la diplomacia española, europea y eclesiástica, que aventura que estamos en el kilómetro cero de la libertad en Cuba.
Apenas una decena de 52, que son al menos 167, sin contar a otros desgraciados que se pudren en las cárceles cubanas por interpelar al régimen de alguna manera.
Hago sonar la campana por dos motivos. Como recuerda Andrés Oppenheimer en su última columna "el reverendo Jesse Jackson consiguió la liberación de 26 presos políticos en 1984, Bill Richardson logró sacar a tres disidentes de la cárcel en 1996, el ex presidente Jimmy Carter sacó un prisionero tras su viaje a la isla en 2002, y la visita del papa Juan Pablo II a Cuba dio como resultado la liberación de 80 disidentes". Nada cambió en Cuba después de esos episodios.
Cuando la enfermedad y la vejez desplazaron a Fidel Castro para poner en la cabeza del gobierno a su hierático hermano Raúl (asordinadamente cruel, sin siquiera su plumaje tropical), se auguraron cambios. Uno de los más comentados fue permitir a los cubanos el acceso a los hoteles de lujo de la isla. Un cubano cualquiera no gana en un mes ni para pagar un "mojito" en uno de esos hoteles. La medida, en realidad, fue para permitir al libre acceso a esos hoteles de las esplendorosas putas cubanas para atender a la clientela extranjera. Esos son los cambios del actual régimen.
Los "cambios" en Cuba luego de la Primavera Negra de 2003 son hoy, apenas, un puñado de liberados luego que, retorcido de dolor, muriera Orlando Zapata para interpelarnos.
Miles de izquierdistas posudos de Latinoamérica y el mundo, -hoy sexagenarios, septuagenarios-, se sintieron un poco tocados por lo que desde hace décadas pasa en la isla, aunque a la mayoría no les dio para apearse de la veneración romántica de los años sesenta y que hoy es un horrible baldón latinoamericano.
El badajo suena también por la neutra y no neutral mirada de nuestro gobierno y de nuestra izquierda, adalides de los derechos humanos. Redobla por la hipócrita indiferencia oficial que apenas disimula la resignación democrática que hoy disfruta buena parte de la izquierda. Espero (inútilmente) que la Cancillería, el Gobierno, el Frente Amplio, emitan alguna cuidada declaración sobre esto.
En esa ínsula-pústula existe una maquinaria de poder que no está dispuesta a seguir el camino de los genocidas nazis, de los militares golpistas latinoamericanos, de los corruptos dirigentes de la Europa del Este.
No pueden esperarse cambios empujados por un pueblo corrompido (no corrupto) como el cubano, que aprendió durante décadas a sobrevivir de cualquier manera, sin más ética que el pan de cada día. El régimen licuó las nociones de dignidad de esa nación.
Cuba tiene una oposición dividida, desconfiada entre sí, sin capacidad de gestión y, del otro lado, una maquinaria de poder sin escrúpulos, que nada va a cambiar a cambio del suicidio. Los desterrados cubanos hoy apenas agitan los despachos europeos. Nosotros, en América Latina, en Uruguay, seguimos balconeando.