El cubano que los hizo ceder

CLAUDIO FANTINI

Tiemblen tiranos ante hombres capaces de morir por sus ideas", dijo Fidel Castro en su histórico discurso contra Margaret Thatcher, cuando la "Dama de Hierro" dejó morir a Boby Sand y otros miembros del IRA, tras una huelga de hambre en la cárcel de Long Kesh.

No imaginó que esas palabras volverían como un boomerang contra el régimen que lidera con su hermano. Tampoco habrá imaginado a su gobierno liberando disidentes bajo presión. Al fin de cuentas, se trata del hombre que, en el epílogo de la "crisis de los misiles", le reprochó a Kruschev retirar las ojivas nucleares de Cuba, argumentando que ceder durante una confrontación equivale a capitular.

Sin embargo, el mundo observa perplejo el paso atrás que está dando un liderazgo que aborrece las concesiones forzadas. Eso, precisamente, implica la liberación de presos políticos ordenada por Raúl Castro. Un paso atrás que favorece a organizaciones disidentes como la Unión Liberal de la República, asociaciones de víctimas como las Damas de Blanco y entidades de derechos humanos como la de Elizardo Sánchez.

La llamativa concesión no sólo se logró por las gestiones del cardenal Jaime Ortega y del canciller español Miguel Ángel Moratinos. El esfuerzo no habría tenido éxito sin la encrucijada que, para el régimen, implicó la resistencia de Guillermo Fariñas. La muerte de Orlando Zapata en el presidio donde agonizó en huelga de hambre, golpeó la imagen del castrismo. Por eso cuando Fariñas empezó a languidecer, dejando en claro su disposición a morir, puso a las autoridades en un callejón sin salida.

Con su economía tan escuálida como el disidente en huelga, Cuba necesita créditos que Europa no da a países con presos políticos. Y tuvo que ceder ante ese hombre calvo y semidesnudo que, como un Gandhi caribeño, enfrentó al poder ayunando sobre su cama.

El régimen debió saber que Fariñas, el huelguista que mantuvo a la vista del mundo el caso de los encarcelados en la "Primavera Negra" del 2003, sería un luchador difícil de doblegar. Al fin de cuentas, como soldado recibió adiestramiento en la URSS y, peleando en Angola recibió los balazos que dejaron cicatrices en el pecho raquítico que expuso en su huelga de hambre.

Lo amamantó el fervor revolucionario de su madre, mientras su padre viajaba al Congo con el Che. Pero dos hechos lo convirtieron en disidente. El fusilamiento del general Arnaldo Ochoa, en 1989, hizo que abandonara el ejército por considerar que fue chivo expiatorio de turbios vínculos entre funcionarios del Ministerio del Interior y el Cartel de Medellín.

Al Partido Comunista renunció cuando lo echaron del hospital donde trabajaba como psicólogo, por denunciar corrupción en la cúpula directiva. Allí comenzaron las luchas que pagó con once años de cárcel.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar