Heroica resistencia

Hoy cumple 134 días en huelga de hambre el disidente cubano Guillermo Fariñas, que resolvió adoptar esa actitud el 24 de febrero pasado, como reacción ante la muerte de Orlando Zapata, que había sucumbido 24 horas antes a consecuencia de 83 días en similar huelga de hambre y sed. Ambos asumieron esa forma extrema de protesta para exigir la liberación de algunas decenas de presos políticos, en especial de los que se encontraban en precario estado de salud. Quien tenga una idea sobre los espantosos efectos que el ayuno absoluto provoca en un organismo humano, ocasionándole una gradual devastación y un padecimiento creciente, sabrá medir -y quizás apreciar- la valentía de esos combatientes embarcados en un sacrificio personal para luchar por la libertad de otros. El gobierno cubano, empero, los ha calificado como delincuentes comunes y agentes de los intereses norteamericanos, una opinión que sirve mejor que nada para calificar a ese gobierno. En estos días, la debilidad física de Fariñas se ve acentuada por complicaciones hepáticas y una infección, de tal manera que hasta las autoridades han debido reconocer públicamente su angustioso estado.

Pero dicho cuadro no atenúa la rigidez de los dirigentes de la isla. El miércoles 30, la organización de derechos humanos Amnistía Internacional informó que en Cuba se vive "un incremento de la represión contra periodistas y opositores", tendencia que se ha agudizado en los últimos meses. La situación provoca en esos sectores de la población "un clima de terror" que responde a "un deterioro de las condiciones económicas y sociales" en el país. El quebranto en tales terrenos obedece en parte a los coletazos de la crisis financiera internacional, pero también a lo que se define como "la ineficacia del sistema de gestión del Estado y la baja productividad de los trabajadores". Como reflejo de ello, el 11 de junio se cerraron los cientos de comedores obreros que prestaban servicio alimentario a 225.000 empleados y operarios, que allí recibían su almuerzo diario desde hace décadas.

Bajo ese régimen y ese decaimiento se abrieron sin embargo algunas rendijas alentadoras. El 12 de junio fue liberado Ariel Sigler, un preso de conciencia en delicadísimo estado de salud, que integraba la lista de 75 disidentes arrestados en marzo de 2003 y condenados a penas de hasta 28 años de prisión. Las gestiones realizadas desde el mes de mayo por la Iglesia Católica ante las autoridades cubanas -reforzadas por algunos brotes de resistencia local, como las marchas callejeras de las Damas de Blanco- han logrado esa excarcelación y asimismo el traslado a hospitales de otros 26 presos y la mudanza de 17 más a establecimientos de reclusión cercanos a sus domicilios. Por su parte, la Cámara de Representantes de Estados Unidos aprobó el miércoles 30 un proyecto de ley para dejar sin efecto la prohibición de viajar a Cuba que afecta a los ciudadanos norteamericanos y para suprimir las restricciones a las exportaciones agrícolas hacia la isla.

Pero las rendijas no abundan como deberían, en parte por la actitud inflexible con que el gobierno cubano mantiene desde hace cincuenta años su monopolio sobre la conducta, los desplazamientos, las declaraciones y las ideas de la población, y en parte por el lento cuentagotas con que dispone alguna atenuación para el rigor que deben soportar los prisioneros políticos. Un reflejo de ese control es la numerosa deserción de médicos cubanos, 15.000 de los cuales han sido enviados durante la última década a Venezuela en misiones de asistencia, ya que 1.500 de ellos se han evadido camino del exilio. El régimen revolucionario de Cuba ha cumplido más de medio siglo en el poder, pero no ha aprendido las ventajas de liberar la conciencia del pueblo ni acepta la necesidad de salvar a individuos como Zapata o Fariñas. Ese absolutismo no lo dignifica, y de paso demuestra los recursos que esgrime un sistema cerrado cuando no reconoce el ejercicio de la razón.

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