ALEXANDER LALUZ
"Mis nuevas canciones tratan de transmitir energía positiva en la gente". No es el encabezado de un manifiesto espiritualista, ni nada parecido. Simple y plástico: es la Minogue, ahora como Aphrodite, que vuelve para agitar las pistas del verano boreal.
Un disparo directo a esas fantasías que ponen a tono la musculatura y los fluidos corporales, que llega en múltiples formatos: el CD estándar, un CD más DVD más "online experience vinyl", para descargar de Internet (pagando, obviamente), o como un iTunes LP.
Es decir, todas las formas posibles para adquirir el compendio de recetas con la que la blonda diva reafirma su estatus de figura de culto en la maleable liturgia del pop, en la que nada es (ni debe ser) igual a sí mismo, salvo, claro, por esa condición de cambio constante.
Ella es Kylie Minogue, como lo fue antes con X (2007), Fever (2001), Light years (2000), Rhythm of love (1990). Sólo que hoy, a los 42 años, es Aphrodite, en el undécimo disco de estudio en sus más de dos décadas en la música. Más para las estadísticas: es su primera producción en un estudio de grabación después de X; es el quinto lanzado con el sello Parlophone (de la casa EMI); el playlist tiene, como en otros de sus proyectos, doce pistas; y cuenta con dos inmediatos antecesores: Kylie live in New York -el título lo dice todo-, y Boombox, con remixes, ambos editados en 2009.
Tras la firma principal de Kylie, está otro nombre que sabe de esta materia, Stuart D. Price: el hombre que también firmó en la producción de Confessions on a dance floor de Madonna (su mapa de antecedentes como productor y "hacedor de remixes" se amplía con Seal, Missy Elliot, Gwen Stefani, y varios etcéteras más), y que fue sin duda pieza fundamental para que el nuevo y energético planteo de la cantante australiana encontrara los carriles justos para asestar en el objetivo.
A las pruebas hay que remitirse. La relativamente reciente salida del primer simple, All the lovers, hizo estallar la columna mercurial con una trama eufórica de sonidos, aderezadas con las candentes escenas del clip.
Fue una de las últimas canciones que se compusieron para el álbum, ha dicho Kylie. Y desde la propia cocina de la producción, el equipo tuvo la certeza: tenía que ser la punta de lanza en la difusión, ya que -Kylie dixit- es la mejor síntesis de la energía de Aphrodite.
Stuart, que también sumó sus opiniones a los comunicados del sello, agregó: "All the lovers es una canción mágica (...) Kylie haciendo música pop bailable como mejor sabe hacerlo". La afirmación reboza confianza, y, según los especialistas del dance floor, tiene apoyo empírico: las multitudes que circulan por los clubes europeos ya le dieron la bendición con sus pies, luego del estreno en vivo (con las eróticas coreografías incluidas) en los Wind Music Awards, presentados a fines de mayo en Verona, Italia.
Pero un trabajo así -la historia del pop es testigo- no se completa con una ni dos cabezas. Hay, necesariamente, una profusa red de colaboraciones en la composición y en el manejo de perillas y programas informáticos, que probablemente exceda la capacidad promedio para retener nombres. La pista dos, Get outta my way, que vale como muestra, contó con la reunión de Cutfather, Lucas Secon, Damon Sharpe, Peter Wallevik, Daniel Davidsen, en la composición, y como productores tuvo a Cutfather, Peter Wallevik, Daniel Davidsen, Damon Sharpe, Lucas Secon, además de Price. Las fichas técnicas de las otras once son similares. Dicen, con razón, que siempre dos cabezas piensan mejor que una; aquí todo fue llevado al máximo.
Provócame otra vez. Kylie no es Madonna, pero nadie le puede quitar el puesto de competidora más cercana. Ambas han defendido su lugar en este negocio con música, escándalos, buenas producciones (guste o no, y sin importar demasiado que queden para la posteridad mediada por las lecturas académicas de la historia), y la efectiva apelación al cuerpo como territorio musical y simbólico.
Erotismo y provocación, seducción y encanto: las materias significantes con las que estas divas se han construido como íconos de sí mismas y como metonimias (una parte por el todo) de ese universo plástico que, simplificando, conocemos como "pop".
Pero, tranquilos todos, "plástico" aquí merece, y en plan de despejar malos entendidos (y evitar la ira de los internautas asiduos a los foros de fans), una explicación. Ni "comercial" ni este "plástico" son sinónimos obligados de superficialidad barata, sino de "materia maleable". Ninguna estrella, llámese Madonna, Lady Gaga, Christina Aguilera..., se construye como tal si no es potencial y realmente cambiante (o camaleónica) y, a la vez, provocadora de los modelos de recepción (algo que los jerarcas de la industria del entretenimiento saben muy bien que rinde).
Minogue cumple con esos requisito, y sabe de ello desde el comienzo de su carrera. Cantante, compositora, actriz (de televisión y cine), diseñadora de modas, productora, empresaria. En su carrera ha sabido provocar a la opinión pública, revelando caprichos amorosos y manejando con madurez las secuelas de un cáncer, y ha seducido a multitudes (tanto a gays como heteros) con sus posturas sexuales o ha encantado con esta nueva imagen de aires divinos y paganos a la vez, que se evoca desde la vaporosa imagen de la portada del disco (que bien podría ser la imagen para el lanzamiento de un perfume).
Si esto no es pop, ¿dónde está el pop? Entonces, la respuesta abreviada: Aphrodite.
Rostros de una estética pop cambiante
Más alocada y sexy
Años noventa
Luego de saltar a la fama como protagonista de la tira Neighbours (en Australia y Reino Unido), Minogue salió con su primer disco, Kylie (1988), compitiendo con Samantha Fox y Cindy Lauper. En los noventa el cambio llegó con Rhythm Of Love (1990), su tercer disco, junto a los productores Stock, Haitien & Waterman, en el que mostró una imagen más alocada, más sexual.
Con Nick Cave
Segunda mitad de los noventa
En una original sociedad musical, Minogue lanza en 1995 el disco Where The Wild Roses Grow, junto a Nick Cave & The Bad Seeds. El trabajo, anotan varios críticos, no tuvo el éxito de sus otros títulos (previsible), pero para los fans y seguidores de la artista australiana, éste es un disco de culto y, muchos de ellos, lo consideran el mejor de su carrera hasta la actualidad.
El salto
Comienzos del siglo XXI
A esta altura, Minogue ya era una estrella del pop, situada casi a la par de Madonna. Pero fue recién a comienzos de esta primera década del siglo XXI, y con el disco Light year (2001), que su imagen, su estética, y su sonido dan un salto (o un cambio) importante. Dance puro, que apelaba sin ambages al imaginario gay de la cultura pop. Luego llegará Fever (2002) para consolidad la nueva Minogue.
Años "X"
Mediados de la década actual
En el año 2006 una noticia ensombreció su carrera: se le detectó un cáncer de mama y tuvo que suspender una gira. Pero ya repuesta, y bajo estricto control médico, volvió al ruedo de los conciertos y al estudio. En 2007 lanzó X, su décimo disco, y el antecesor de este Aphrodite, que provocó la atención de otras figuras ascendentes del pop, como la camaleónica Lady Gaga.