Una de las sentimientos individuales más hermosos que sacudió la fibra de los orientales hace un par de meses, fue escuchar desde la tribuna de un estadio europeo el reiterado grito de "u-ru-gua-yo" para celebrar un gol convertido o una buena jugada de Forlán. Esa emoción se convirtió en colectiva, en cada uno de los partidos jugados recientemente en Sudáfrica, no sólo para el grupo de uruguayos que los presenciaban en aquellas lejanas tierras sino también para todo el resto de los nacionales que los siguieron a través de la televisión o de la radio desde el último rincón del país o en los más lejanos y dispersos lugares del mundo donde se encontraban radicados o momentáneamente de paso un compatriota.
Los uruguayos tenían derecho a ser protagonistas de esa manifestación de fe y de alegría comunitarias. Después de haber sido víctimas pacientes de un gobierno nacional que no encuentra su rumbo y que invade de manera alarmante la privacidad de los habitantes; de padecer en Montevideo desde hace veinte años una administración departamental que bien puede calificarse de desastrosa y que ha superado sus propias marcas convirtiéndola en el reducto de un partido comunista que ha transformado el edificio de 18 de Julio y Ejido en el sitio desde donde lanza sus últimos estertores una ideología antidemocrática, extraña y ajena, que ya ha muerto de muerte natural en el resto del mundo; después de haber tenido que tolerar a gobernantes que siguen hablando del "paisito" o del "país pequeño"; después de ser segundones de Chávez o espectadores de iniciativas como la de trasladar los restos de Artigas; o de escuchar barbaridades como aquella que pretendió subirnos al estribo del caballo de Brasil; después de todo eso y mucho más, tenían derecho a volcarse en las calles, descargando ese estallido de alegría y de optimismo que provocaron cada uno de los partidos. E incluso a que se les cayera un lagrimón tras cada gol o penal convertido. En ese sentido, tal vez el saldo más positivo de este último Mundial, para incorporarlo a la lista de los recuerdos del 30 y a los de Maracaná, sea el de destacar el renacimiento de una alegría colectiva, de un sentimiento común, cargado de historia y de tradición, que sirvió para rescatar el viejo concepto de Patria y también el de la verdadera conducta del hincha. Es así como no dejó de llamar la atención la corrección con que se llevaron a cabo todas las manifestaciones callejeras, sin actos de violencia ni daño a las vidrieras ni entre las personas, en una pacífica expresión de alegría, tan ajena a lo que fue no hace mucho tiempo un acto de barbarie por 18 de Julio u otro similar en 8 de Octubre; o un joven muerto en las inmediaciones del Estadio Centenario o los atropellos que aun pueden verse dentro de ese escenario deportivo.
El de ahora es el verdadero país, el de su gente, en el que conviven los que lo habitan y la diáspora, sin necesidad de que ninguna ley les reconozca el derecho al voto, porque ese derecho lo llevan en el alma y lo expresan de manera espontánea ante el primer hecho que los provoca, en una envidiable muestra de pasión colectiva. Prácticamente nadie estuvo ajeno a esa comunión laica y ciudadana, donde se vieron ejemplos como el de un perdido cartel gritando "Minas presente" desde una tribuna del estadio Nelson Mandela, hasta un abuelo, un hijo y un nieto o varias barras de amigos que asistieron enfervorizados a acompañar al equipo en sus presentaciones públicas o en el que cada uruguayo que se cruzaba con otro y el modesto limpiador de vidrios que detenía a un conductor, se saludaban con una republicana expresión vivando al país. Lo que no se debe permitir es que nadie ni nada nos robe esa característica, y así como pudimos observarnos a nosotros mismos comprobando lo que podemos hacer, configura una patriótica obligación mantener vivo ese sentimiento sabiendo que todo lo demás es posible, y que no habrá adversidad ni contratiempo que nos doblegue si nos mantenemos juntos para enfrentarlo.
¡Qué lindo es ser uruguayo!