Cien días de humo

Se fueron ya cien días de gobierno de balance deficitario, en particular porque la visión que se extrae de las intervenciones de sus miembros y de su excluyente figura, el Presidente, no dejan ver con claridad el rumbo en los temas más importantes. El primero de todos es la educación. Lo que aparece en la nebulosa es un avance siniestro del corporativismo docente que, en tanto es más de lo mismo o peor, sólo asegura aumentos presupuestarios para una calidad cada vez inferior en la comparación internacional. A esto hay que sumarle un proyecto de ley de corte totalitario, que supone controlar sólo a las universidades privadas, pero por parte del gobierno y de la universidad pública, que hace rato no rinde cuentas a la sociedad por el uso de fondos públicos.

Sigue el tema de la reforma del Estado -que sí que no- y el de la política económica, que ya sabemos se propone gastar más -otra vez el espacio fiscal- lo que no sólo resulta irresponsable pensando en tiempos duros, sino que profundiza la posibilidad de incremento del retraso cambiario. Sabemos también que la sociedad policíaca en la que vamos cayendo se intensificará, con una Dirección General Impositiva (DGI) cada vez más grande y poderosa, y crecientes elementos de intromisión en la privacidad de la gente.

También el tiempo ha dado para contradicciones. Así es que los inversores son notificados en el Conrad de la inamovilidad de las reglas de juego y en especial las tributarias. Pero cien días después, con dudosa legalidad e indudable resentimiento, se exponen las deudas de todos a la visión de cualquiera, y a ello se tiene el tupé de aplicarlo invocando el interés general. Y en materia tributaria también se anuncian modificaciones sustantivas no sólo para perseguir la intimidad de la gente, sino otra vez incorporando más actividad policíaca a la DGI.

En materia internacional la desilusión es mayor no sólo por la modestia en el peor sentido con el que se han encarado los vínculos con el Brasil -vamos en el estribo- sino con Argentina, frente a la que nos hemos situado en un plano menesteroso que no corresponde a la calidad de las figuras que condujeron tantas veces nuestra política internacional, tan cercana a esta casa. Y así hemos cambiado el levantamiento del corte, una transgresión flagrante, por posturas benevolentes para con un gobierno al que le hemos votado cargos insólitos, y ofrecido cooperación donde no hay lugar para hacerlo sin menoscabo de la soberanía.

Ocurren cosas peores en cuanto al avance del corporativismo sindical, lógica consecuencia de un gobierno que lo azuza desde posiciones oficiales y llama por teléfono a empresarios apretándolos para que aflojen. No nos referimos a la solución promovida en Conaprole; ella es una perla más del collar que integran la conducción de la enseñanza y en general toda la dinámica de los conflictos, con el derecho de huelga extendido a la ocupación, la ley de tercerizaciones, o la operación de los Consejos de Salarios.

Aunque menos relevante, en el mundo agropecuario se había empezado con un cierto beneplácito por la designación del ministro. Cien días después no ha pasado nada, lo que en algunos temas es un éxito, pero en otros es muy malo. No lo vimos en efecto al ministro, promotor de la lechería, acudir a defenderla en el conflicto de marras; no sabemos qué piensa sobre la política azucarera que tanto le cuesta al país, siendo productor él mismo; no sabemos si continuará con la prohibición de las sociedades anónimas; desconocemos su opinión sobre el régimen tributario del agro; sabemos que le preocupa el suelo -a quién no- pero ignoramos qué se propone hacer, incluso si lo mueve en este tema un impulso intervencionista o sólo educador, lo que para los agricultores es esencialmente distinto; nadie sabe si el tema de los pollos lo va a solucionar de un modo legalmente aceptable o no; afirmó que habrá cambios en la protección a la granja y al vino, pero nadie sabe cómo. Le conocemos opiniones, muchas de ellas propias de un asesor que poco importan, y no acciones en el mundo de las reglas de juego que es su campo.

Es tiempo pues de que el humo, que ya empieza a irritar los ojos, se disipe para que aparezca la criatura que no luce por ahora un muy buen talante.

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