Francisco Faig
Eric Sottas es director ejecutivo de la organización mundial contra la tortura. Pero bien podría ser la voz de nuestra conciencia.
Visitó un centro de reclusión de menores y nos dijo que si bien reconocemos los problemas, no hacemos nada pa-ra resolverlos. En realidad, esos centros hace años que están "por debajo de los mínimos a nivel mundial". Sin embargo, la situación de los menores recluidos "no es presupuestalmente incontrolable", sobre todo cuando ya hay ayuda definida desde la Unión Europea para avanzar en el tema.
Sottas, desde su visión exterior, nos señala sin ambages nuestra dejadez estructural; la inoperancia del Estado; la desidia de una sociedad que prefiere mantenerse como está antes que hacerse más justa.
Como todos tenemos conocidos, amigos, parientes y/o vecinos que trabajan en el Estado, aceptamos la condescendencia; el mínimo esfuerzo; el profundo egoísmo; el cuidar el empate; el "atadito con alambre".
Para sumar pinceladas al cuadro de la desidia nacional, dígase que aceptamos que los públicos trabajan menos que los privados, pero no se tocan los feriados; que verificamos que los paros sorpresivos de transporte perjudican a los más pobres, pero no se reglamenta el derecho de huelga; que sabemos que la enseñanza pública para los hijos de las clases populares es un desastre, pero no la reformamos. Somos conscientes de la formidable bonanza económica y comercial que vivimos, pero no la aprovechamos para cambiar estructuralmente nada.
Con obsesión patológica nos preocupamos por el pasado, tranquilizador porque justamente ya pasó y nada podemos hacer para cambiarlo, y accedemos a la justa reparación por los horrores de la dictadura. Pero cuando Sottas denuncia que no hay cronograma de acción previsto para terminar con condiciones de reclusión que torturan, hoy, a los más jóvenes, nadie se horroriza.
No admitimos que somos el reino de la prebenda; de la opacidad del Estado; de la reivindicación corporativa; del mantenimiento de las situaciones de hecho; de la connivencia colectiva que todo lo legitima.
Estamos construyendo un país sin devenir colectivo; fracturado. Los más ricos, tendrán siempre la posibilidad de encontrar caminos de realización. Participarán de la economía globalizada temiendo secuestros, con más seguridad en sus casas, con guardaespaldas, como ocurre en el resto de América Latina. Los más pobres, sin educación, marginados, no tendrán cómo insertarse en la sociedad y en la economía.
Al uruguayo medio, conservador, que cree que vamos bien, que se mira en su provincial espejo y se cree solidario, que no concibe que haya que apurar reformas que pongan en tela de juicio derechos adquiridos, que participa de la creencia colectiva en la permanencia de cierta excepcionalidad nacional, Sottas le dice que somos los peores del mundo. Y que además, ni siquiera nos preocupa.
La bofetada de Sottas es terrible. Como lo son las perspectivas de futuro para las clases populares en este pacato Uruguay. ¿Tenemos real conciencia de ello?