ALEXANDER LALUZ
Su veredicto es inapelable: "¡Por mi culpa!". Y los 91 años, sólo Chavela Vargas podría tener las agallas para gritarlo como acto de amor, como revancha y gesto libertario.
Es su nuevo disco, pero quizás no el último. Es que no conviene abusar de la calificación apurada ante una mujer que puede empuñar la canción con la misma destreza que un revólver cargado, igual al que usó en otros tiempos para matar el aburrimiento disparándole a las culebras.
Pero ¡Por mi culpa! es ante todo "un milagro y un acto de amor", anotaron en un comunicado de prensa los responsables de esta reciente edición, María Cortina, de la Fundación Cultural de la Ciudad de México, y Eduardo Llerenas del sello Discos Corason (sí, con esa libertad ortográfica que reúne corazón y son). Y es, también ante todo, un encuentro de la Vargas con un plantel de amigos con los que paseó a dúo por algunas de sus canciones predilectas y una todavía inédita, ¿A dónde vas paloma?, escrita por ella y musicalizada por Mario Álvila.
Joaquín Sabina, Lila Downs, -su heredera-, La Negra Chagra, Jimena Giménez, Pink Martini, Eugenia León. Ellos hicieron con ella los tramos de este paseo, cumpliendo con el llamado de la amistad de años y parrandas, la admiración, el tributo, y una sociedad en plan de revancha. Porque "este material -agregó María Cortina, autora del libro Las verdades de Chavela- lo produjo ella misma" como forma de plantarse ante "las compañías disqueras, que a la fecha no le han otorgado los beneficios que le corresponden a los discos que ha grabado durante toda su vida".
Esa pelea, otra vez libertaria, es como ella misma. Porque "yo he tenido que luchar para ser yo y que se me respete, y llevar ese estigma, para mí, es un orgullo". Lo dijo muchos años atrás, para contestar a su leyenda negra, la del prejuicio. Pero ante ¡Por mi culpa!, las palabras vuelven a tener la fuerza de un convencimiento visceral y juvenil.
Las concesiones que se le pueden hacer a un disco así son muchas. Todas, o quizás la mayoría, se sabe, son resultado de un ejercicio de aceptación más pasiva que crítica, donde la adhesión incondicional ajusta cuentas con la prudencia ante la figura que devino ícono, y, con los años, un ídolo que pasa revista a los saldos de su carrera. Esto, quizás, vale para otros que califican como "grandes". Sin embargo, con esta mujer indomable resulta por lo menos injusto o una falta en varios frentes: con esa vida asumida como riesgo, con esa voz que templó pasiones, con un porte que pisó muy fuerte en la huella dejada por la canción popular en el imaginario popular.
Por eso el veredicto sigue siendo inapelable: ¡Por mi culpa! Y por eso es conveniente desconfiar de las apariencias, de las arrugas, de los lentes oscuros, de la silla de ruedas, y, sí, de los 91 años.
Esta mujer no cree en esos (aparentes) frenos a la vitalidad. Todavía, relatan aquellos que han estado con ella en estos días, mantiene en pie el humor, las ganas de vivir. Y no se arrepiente de lo vivido, ni le gusta que la traten de usted, porque "me molesta la distancia del usted" (así se lo dijo a un periodista español el año pasado). Porque lo importante sigue siendo la amistad, y el lazo entrañable que conserva con los Sabina, Almodóvar, Monsiváis, Downs. Nombres que están en el alma, dice, y la mantienen en la vida.
TEQUILAZOs. Chavela dejó el tequila hace años, aunque todavía quedan viejas tentaciones. Una, las cantinas y el tequilazo, ese efecto que les provoca la ardiente bebida a los forasteros en tierras mexicanas: cuando la tomás y te da el aire, irremediablemente el suelo se convierte en destino. Otra, el pasado vivido con la fatalidad del destino y el temperamento de las convicciones que pueden, incluso, contra una leyenda negra.
Ella se asumió como lesbiana y no tuvo a menos soportar la discriminación en las tierras donde se es blanco o negro, se es macho o hembra.
Escandalizó con ese porte a pacatos y elegantes conservadores, por lo que las habladurías y las censuras estuvieron siempre a la orden. Pero ella no se apeó de su condición ni de los amores con faldas (y algunas muy famosas). Más bien se paseó por la calle sin aires divos ni complejos con José Alfredo Jiménez, Frida Kahlo, Diego Rivera, Jorge Negrete, y convivió como pez en el agua en la bohemia de los clubes nocturnos donde se acunaban los futuros deportistas, cantantes, toreros, escritores, en la otrora década del sesenta, el momento de su auge en la canción. Tres décadas después, Mercedes Sosa pedía sobre un escenario que si alguien pasara por México, pusiera de su parte una rosa en la tumba de Chavela.
La leyenda y el tequila ya la habían convertido en mártir. Ella, sin embargo, estaba, ahí, padeciendo la vida. "Pasé veinte años borracha y la gente se olvidó de mí. Me tomé cuarenta y cinco mil litros de tequila", contó con su propia voz. La misma que blandía años atrás cuando montaba a caballo, gatillaba un revólver para matar el aburrimiento, o chocaba un flamante Jaguar que conducía sin importarle el combustible que ardía en sus venas.
Chavela nació como Isabel Vargas Lizano, en Costa Rica, el 17 de abril de 1919. Pero ese país no le gustaba, era, ha dicho, como una tumba. A los 17, entonces, decidió fugarse a México. Allí comenzó a ganarse la vida en la calle hasta que la descubrió José Alfredo Jiménez. Así, a los 30, se inició en la escena profesional de la canción, donde llegó a registrar la friolera de 80 discos.
Con ese repertorio casi interminable, y a fuerza de temperamento se construyó una imagen: Chavela Vargas. "Yo soy Chavela Vargas y en ella creo". Esas palabras, simples, inmediatas, tienen el poder de explicar el fenómeno semiótico (o como quiera llamárselo) que desvela a la academia y a intelectuales de inquieta pluma: el productivo engarzamiento entre signo y objeto que da vida al ícono. Para ella. sin embargo, no hay teoría. Es, así, una cuestión de creencias, de convencimientos viscerales. De ello han dado cuenta, además de sus discos, varias películas, en algunas de las cuales apareció como protagonista (Frida, de Julie Tay-mor, Babel de González Iñárritu), o las memorias recuperadas en libros e infinidad de artículos.
Finalmente, el año pasado, el gobierno de la Ciudad de México, le rindió el esperado homenaje oficial. Ella, sin embargo, permanece allí donde se anuda amistad, noche y arte, en el grito ¡Por mi culpa!
La confesión de haber vivido
La tapa de ¡Por mi culpa! es quizás el signo más claro, neto, de la personalidad de Chavela Vargas. La risa habitada por arrugas de una confesión: haber vivido más de 90 años a pura pasión, la misma que cultivó con una voz llena de personalidad y dedicada a un repertorio que tradujo a palabras sonantes las historias del imaginario popular.
Con Lila Downs, Sabina, La Negra Chagra, Pinki Maritini, Eugenia León y otros, registró justamente esas preferencias musicales: ¿A dónde vas paloma? (título inédito, que la tiene como autora de los versos y a Mario Ávila en la música), Vámonos, Las ciudades, Las simples cosas, Un mundo raro, Piensa en mí , Luz de luna, o el entrañable Nosotros.
NOMBRES DEL ALMA
Carlos Monsiváis
El reconocido escritor también forma parte de ese plantel tan selecto como amplio de las amistades de Chavela. Él dio de ella una definición muy breve y acertada durante el homenaje en México, el año pasado, al decir claramente: a ella no le gusta que la traten de "usted".
Pedro Almodóvar
Es uno de los amigos del alma y de siempre de Chavela Vargas, a quien definió como "mi único amor en la tierra", y considera su alma gemela. En común, ha contado, tienen el "dolor y la angustia" como motores infalibles para dar rienda suelta a la creación poética y musical.
Joaquín Sabina
El flaco de Úbeda es otra de sus confesas almas gemelas. Otro que cree en que la angustia, el dolor, es materia para la creación, y no la comodidad de la felicidad. También, su gemelo en la vocación por la noche, los alcoholes, la parranda, hasta en el punto de la necesaria terapia.