Cena íntima de Isabel II en sus 84

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La reina de Inglaterra -de perfil bajo y sombrero amplio- cumplió años recientemente, sin hacer bulla: prefirió festejar sus 84 abriles con una cena íntima, en su castillo londinense. Eso de íntima confunde un poco, en cuanto a la aplicación del calificativo a una reunión de los Windsor... que son ciento y la madre y, en este caso, la abuela también; sin contar a los "colados", que suelen conseguir un vale para un almuerzo o una cena real.

La soberana siempre prepara una sorpresa para dar a sus comensales en oportunidades como ésa: cierta vez, les presentó una foto en que aparecía sin sombrero, lo que fue interpretado por muchos de los asistentes como un truco fotográfico. En esta ocasión, sacó de sus arcones (donde abundan fotos autografiadas de la Reina Victoria I, encabezadas con un impensable "Vamo`arriba el Manchester United, vamo!!!) sacó -decíamos- Su Majestad, un retrato de la tierna Isabelita a la edad de siete meses.

Con frecuencia me pregunté por qué en aquellos años 20 del siglo pasado, los fotógrafos se empeñaban en tomar una pose al desnudo de los bebitos de ambos sexos. La explicación que daban -y que a mi no me convenció jamás- era la de que todo ser humano, por poca que fuera la curiosidad que le despertara su propia historia, tiene derecho a conocer cómo era al llegar al mundo en que -agregaban- lo echó Dios.

Yo, por ejemplo, guardo una foto que corresponde a mi primer semestre de vida, de la que mis mayores me aseguraban -bajo juramento- que constituía el mejor testimonio de mis comienzos. Nunca me reconocí en esa fotografía. Digo más: aceptado que fuera yo, efectivamente yo, un modelo para simbolizar la buena salud infantil, de pies (dos) a cabeza (una), era una verdadera herejía que en el otoño avanzado de 1918 -casi a las puertas del invierno- me tendieran sobre un sofá, cero prenda, sin un minúsculo sonajero que me cubriera, con un telón de fondo que semejaba un jardín sombrío y acentuaba la sensación de frío. ¡Ah!... y otra cosa: por qué, en lugar de colocar un hermoso almohadón como respaldo de la pobre criatura en pose de nadador de braceo dificultoso, no me lo echaron por encima para darle a mi existencia una iniciación pudorosa. Deseo fervientemente que, para su foto de marras, a la niña Isabelita le haya ido mejor que a mí; supongo que la Reina Madre, -de la que heredó la manía de los cubrecráneos- cuidando la moral del reino, haya envuelto a la princesita en una capelina de las que han hecho famosas a las damas coquetas de Windsor.

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