EL PAÍS DE MADRID N PATRICIA TUBELLA
La reivindicación de la propia identidad empapó la primera novela de Rebecca Miller, "Las vidas privadas de Pippa Lee", conmovedora historia de una mujer marcada por los lazos familiares que acaba refugiándose a la sombra de un marido brillante.
Que la creadora de ese personaje diluido entre fuertes personalidades sea la hija del inmenso dramaturgo Arthur Miller, casada además con el doblemente oscarizado actor Daniel Day-Lewis, quizá invite a establecer incómodos paralelismos que ella intenta conjurar con su trabajo. Pintora, actriz, autora de relatos cortos, guionista y cineasta, su perfil resulta todavía poco conocido para el gran público, pero con Las vidas privadas de Pippa Lee, confirma el desembarco en la literatura de una voz tan sensible como original.
Pippa tiene 50 años cuando accede a retirarse junto a su marido, un legendario editor que le lleva tres décadas, a una de esas disneylandias para jubilados americanos apodada irónicamente Wrinkle Village (la ciudad de las arrugas). La descripción del exquisito círculo que la pareja acaba de dejar atrás, la comunidad artística y literaria neoyorquina, nos retrotrae a la experiencia de la propia autora en un hogar bohemio y creativo, frecuentado por la crema de la intelectualidad de la época. Brillantes personajes que arropaban a sus progenitores, Arthur Miller y la fotógrafa austríaca Inge Morath, poblaron su niñez y adolescencia, "aunque entonces yo no era consciente de ello".
EN EL CHELSEA. Rebecca Miller vino al mundo en septiembre de 1962, un mes después de la muerte de Marylin Monroe, que fuera la segunda esposa de su padre. El dramaturgo todavía estaba casado con la frágil estrella cuando conoció a Morath durante el rodaje de Los inadaptados (1961), la última película que protagonizara Monroe. Ambos se divorciaban en vísperas del estreno, y al año y medio Miller anunciaba su matrimonio con la fotógrafa de la agencia Magnum, su compañera de las siguientes cuatro décadas.
Los primeros seis años de la infancia de Rebecca tuvieron como inusual domicilio la suite 614 del hotel Chelsea, mítico establecimiento de Manhattan que ha contado entre sus inquilinos con Norman Mailer, Lou Reed y Bob Dylan. Un lugar que, en palabras de Arthur Miller, "no tenía aspiradoras, ni reglas, ni gusto, ni vergüenza: era una fiesta de nunca acabar".
En la madurez de sus progenitores (el escritor tenía casi 47 años cuando nació Rebecca) la familia se trasladaba a una granja de Connecticut, donde la hija desarrolló una temprana vocación por las artes en la que siempre se sintió apoyada por su entorno: "Una de las mejores cosas que aprendí de los míos es el lema de levantarse cada mañana y volcarte en tu trabajo, el estar siempre automotivada". Asegura que no le intimidaba mostrar a Arthur Miller sus primeros escritos de juventud, en busca "del juicio y apoyo de mi padre", y no del gran autor de piezas clásicas como Muerte de un viajante o Panorama desde el puente. No se atrevió, sin embargo, a exponer su trabajo al escrutinio del público hasta varios años después, cuando ya estaba casada y había formado una familia. Inquirida sobre esa vacilación, acaba admitiendo como "una de las razones" el temor de entonces a las comparaciones con la figura de su padre. "Me lancé cuando había vivido más, me sentía madura y había encontrado mi propia identidad", esgrime.
Siete años después de publicar el libro de relatos cortos Velocidad personal (2001), Miller se estrenaba en la novela con Las vidas privadas de Pippa Lee. La autora dice que no se ha inspirado en ningún personaje real en concreto (ni ella ni su madre, dice, vieron condicionado su trabajo por el matrimonio y la maternidad) y que concibió el libro como "un estudio sobre la identidad, del que no te cansarías nunca, porque todo el mundo tiene sus secretos".
Interiores. Secretos como el que marca su propia biografía. Rebecca Miller fue criada como hija única, a pesar de la existencia de un hermano que la familia mantuvo semioculto. Ese capítulo era desvelado al detalle por la revista Vanity Fair hace cuatro años: en noviembre de 1966, Inge Morath daba luz a un niño, Daniel, afectado con el síndrome de Down. El bebé tenía sólo una semana cuando fue entregado a un centro de Nueva York. Morath visitaba a su hijo casi cada domingo, pero Arthur Miller rechazó todo contacto hasta casi ser ya octogenario. El hombre que exploró en sus obras la culpa y la moralidad en el seno de la familia, sólo pudo aceptar a su hijo en los últimos diez años de su vida. Rebecca siempre se ha negado a abordar la cuestión: "La única persona que podría contestar a las preguntas es mi padre, y está muerto".
A lo largo de la entrevista, se muestra muy reacia a trazar el retrato íntimo del gran hombre. Su propia vocación artística, subraya, bebió a partes iguales de la producción escrita de Arthur Miller y del universo visual de su madre. El maridaje de ambas influencias acabó orientando su carrera hacia la literatura y el cine, después de "un largo proceso exploratorio" que arrancaba en las artes plásticas. "Empecé a pintar muy joven, a los 16 años, pero pronto tuve claro que lo que me interesaba era la dirección cinematográfica". Su estreno como cineasta llegaba con Angela (1995), a cuya discreta acogida siguió el premio del jurado para Intimidades en el festival de Sundance (2002). Eligió como protagonista de La balada de Jack y Rose (2005) al actor británico Daniel Day-Lewis, a la sazón su marido. Ambos comparten vida y dos hijos, a caballo entre la campiña de Irlanda y Nueva York, desde que se conocieran hace trece años durante el rodaje de Las brujas de Salem, película inspirada en la obra homónima de Arthur Miller. Fue él quien les presentó.
La obra literaria y cinematográfica de Rebecca Miller volvieron a fundirse con Las vidas privadas de gente famosa, cuya traslado al celuloide comenzó sus presentaciones en el festival de cine de Berlín.
Tres trabajos previos detrás de las cámaras
Ángela
1995
Fue un debut estimulante. Rebecca gana el premio a Mejor Director en Sundance con la historia de una niña de diez años que quiere exorcizar los demonios que sacuden a su familia: los que -según ella- pueden raptar a su hermana pequeña a la vez que alteran la mente de su madre. Aparte de Vincent Gallo, el elenco está poblado por nombres desconocidos, empezando por Miranda Stuart Rhyne.
Intimidades
2002
Tres relatos sobre mujeres que buscan sostenerse: la que escapa de los abusos de su pareja, la que busca una nueva relación afectiva y la adolescente embarazada que sale a buscar su futuro. Este retrato coral de la condición femenina volvió a darle otro premio a la directora en el festival de Sundance, el prestigioso gran premio del jurado. Kyra Sedgwick, Parker Posey y Fairuza Balk encabezaron el reparto.
La balada de Jack y Rose
2005
Tiene en su centro a un padre (Daniel Day Lewis) y a su hija de 16 años (Camilla Belle) viviendo en una comunidad bastante alicaída. La enfermedad del hombre y la aproximación de una novia con sus hijos, provocan una crisis en la relación padre-hija que amenaza con liquidar todo lo vivido hasta entonces. El aislamiento social y la invasión de los urbanos forman parte del choque dramático.