Cumbre erigida en el pánico

CLAUDIO FANTINI

El miedo atroz comenzó a mediados de los noventa, cuando la secta budista Aum Shinrikio esparció gas sarín en el subte de Tokio. No había sido un ejército regular ni un Estado, sino una secta lunática la que fabricó el arma química inventada por la Alemania nazi y con ella estuvo a milímetros de provocar un exterminio.

Fue entonces cuando el mundo empezó a pensar que la capacidad de perpetrar genocidios ya no dependía sólo de Estados y gobiernos. Lo potenciaba la eclosión fulminante de la Unión Soviética y el envilecimiento del generalato del Ejército Rojo, dedicado a la venta por cuenta propia de vastos arsenales. Las armas iban a parar a manos del mejor postor, que no necesariamente era un gobierno. Y si algo faltaba para completar la electrizante sensación de que el terrorismo millonario de estos tiempos podía adquirir armas de destrucción masiva, fue la venta de secretos nucleares que realizó el padre de la bomba atómica paquistaní. El físico Abdel Karim Kham le vendió al último mohicano estalinista, el régimen norcoreano, los planes para fabricar ojivas.

Un acontecimiento se sumó a este cuadro: el asesinato del ex espía del KGB, Alexander Litvinenko, envenenado con Polonio 210, agente utilizado para desatar reacciones en cadena y con el cual se podría perpetrar un envenenamiento masivo.

El 11 de setiembre del 2001, el mundo supo de la existencia de un terrorismo globalizado y económicamente poderoso, que se propuso y logró perpetrar atentados que superan el nivel de la masacre para alcanzar el del genocidio. Desde ese momento, una convicción escalofriante se instaló en las potencias: los golpes devastadores no deben esperarlos de otros Estados y sus ejércitos regulares.

EE.UU., Europa y Rusia son los más golpeados por esos designios exterminadores, y la Casa Blanca tomó la iniciativa de conjurar el riesgo del terrorismo nuclearizado.

El primer paso norteamericano en ese rumbo tuvo el sello belicista, imperial y también ineficaz, del gobierno extremista de Bush y Cheney. Si bien la invasión a Irak tuvo el mérito de derribar un régimen criminal y abrir paso al primer gobierno multiétnico de ese país, el océano de destrucción y muerte que causó es, precisamente, el combustible que necesita el fanatismo ultraislamista para ponerse en movimiento.

Bush buscaba seguridad desde el unilateralismo y la prepotencia bélica, resultando funcional a la prédica del terrorismo y aislando a EE.UU. En cambio Obama emprendió la misma búsqueda, pero debilitando los argumentos del fundamentalismo y acrecentando la cooperación internacional hacia la meta de extinguir el contrabando nuclear.

Por eso acordó con Rusia un sustancial recorte de arsenales atómicos y el cese de la producción norteamericana de misiles, en la antesala de la primera cumbre destinada a evitar que el terrorismo alcance la capacidad de perpetrar genocidios.

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