Unidad sindical

Pablo Da Silveira

El escrutinio de las elecciones docentes sigue avanzando a tranco lento, y en el horizonte empieza a dibujarse una rotunda victoria de las listas llamadas "gremiales". Los voceros de esas listas hablan de un triunfo de los valores sindicales sobre los intereses políticos partidarios, pero todos sabemos que no es verdad. Si esos resultados se confirmaran, no sólo se trataría de una victoria de los sindicatos, sino también de una victoria del oficialismo sobre la oposición.

¿Por qué se apela tanto al doble discurso en este terreno? Porque, desde hace ya medio siglo, nos domina el mito de la unidad sindical. Ese mito dice que lo más deseable para un país es que exista una única central sindical, en donde se sumen las fuerzas de todos los trabajadores sin correr el riesgo de fraccionarse.

El argumento tiene su fuerza, pero hay algo que debería inquietarnos: las sociedades democráticas suelen rechazarlo. Lo normal es que en un país convivan varias centrales sindicales que defienden los intereses de los trabajadores al mismo tiempo que mantienen vínculos con diferentes partidos. Por ejemplo, es común que en un país convivan una central sindical de orientación comunista, una socialista y otra socialcristiana.

La razón principal por la que el mundo funciona de este modo es que los vínculos entre lo sindical y lo político son inevitables. Tener la capacidad de controlar a los sindicatos permite influir sobre lo que ocurre en una sociedad, y esa capacidad de influencia (a la que llamamos "poder") es justamente aquello que se disputan los partidos políticos.

Que en Uruguay tengamos una única central sindical no elimina estos hechos, sino que los esconde. Algunos de los enfrentamientos políticos más duros que se viven en este país se producen entre partidos de izquierda que luchan por controlar diferentes sindicatos. Las cosas pueden llegar a la violencia física, pero todo se tapa con un manto de discreción porque el mito de la unidad sindical debe ser preservado.

¿Quién gana y quién pierde con ese mito? Gana la burocracia sindical, porque tener control sobre el total de los trabajadores organizados le da un enorme poder de negociación. Ganan los partidos que ya tienen capacidad de incidencia en el mundo sindical, porque elevan enormemente el precio de entrada a cualquier otro que quiera poner un pie en ese mundo (mientras ellos ya están allí, todo intento de aproximación por parte de otro partido es denunciado como un acto de instrumentación política de los intereses de los trabajadores). Pierden, en cambio, los ciudadanos de a pie, que se quedan sin entender el significado real de muchos acontecimientos y suelen ser presas fáciles del doble discurso.

La gran diferencia entre un trabajador español y un uruguayo no es que en España los sindicatos estén partidizados y en Uruguay no, como lo sugiere el hecho de que en España haya varias centrales sindicales y aquí una sola. En esencia, en los dos países pasa lo mismo. La diferencia es que el español tiene mucha más facilidad para ver cómo se tejen y cómo influyen los complejos vínculos entre lo sindical y lo partidario.

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