WASHINGTON | EL PAÍS DE MADRID Y AFP
El primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, enfrentado a la peor crisis con EE.UU. en décadas, advirtió ayer que Israel "seguirá construyendo" en Jerusalén Oriental, mientras los palestinos afirmaron que no negociarán si sigue la colonización.
"La construcción continuará en Jerusalén, como ha sido el caso durante estos últimos 42 años", incluso en el sector de mayoría árabe anexionado en 1967, declaró Netanyahu ante el grupo parlamentario de su partido.
Este anuncio provocó una respuesta casi inmediata de los palestinos, que advirtieron que no habrá negociación alguna sin el fin de la colonización. "Esta política no crea el ambiente apropiado para la reanudación del proceso de paz", declaró Nabil Abu Rudeina, portavoz del presidente palestino Mahmud Abbas.
Estados Unidos indicó en tanto que espera una respuesta formal sobre este tema. "La secretaria de Estado, Hillary Clinton, pidió una respuesta formal del gobierno israelí, y estamos a la espera de esa respuesta", dijo el portavoz del Departamento de Estado, Philip Crowley.
La tensión entre Estados Unidos e Israel por la construcción de nuevos asentamientos en territorios palestinos ha escalado hasta un punto que el embajador israelí en Washington ha calificado como "el peor momento en las relaciones bilaterales desde 1975". Altos funcionarios de ambos países trabajaban ayer frenéticamente en la solución de un conflicto que debilita a los dos y compromete seriamente las posibilidades de paz en la zona, pero el gobierno de Israel insistió en que no renunciará a nuevas construcciones en Jerusalén oriental.
La declaración del embajador israelí, Michael Oren, realizada durante una conversación el sábado con los cónsules israelíes en Estados Unidos y revelada ayer por el diario Haaretz, ha puesto a todos en alerta sobre la gravedad de una crisis que afecta a un elemento esencial de la política exterior estadounidense. Los lazos con Israel son el pivote sobre el que gira la política de seguridad norteamericana y la razón última de su implicación en Oriente Próximo. Un cambio significativo de esas relaciones podría generar un movimiento de incalculables consecuencias en la región más inestable del globo.
Pese a esa trascendencia, ambos gobiernos han resaltado en los últimos días las profundas diferencias que se han ido acumulando desde que Barack Obama llegó a la Casa Blanca con la firme intención de obligar a Israel a congelar los asentamientos. El detonante de la crisis actual fue el anuncio por parte del gobierno israelí de la construcción de 1.600 nuevas viviendas en Jerusalén Este (la parte árabe de la ciudad) coincidiendo exactamente con la llegada al país la pasada semana del vicepresidente de Estados Unidos, Joe Biden.
Washington había concedido enorme importancia a ese viaje, el de mayor jerarquía diplomática desde el comienzo de esta Administración, y confiaba en que sirviera para relanzar el diálogo palestino-israelí. El anuncio de nuevos asentamientos se vio, por tanto, como un deliberado boicoteo por parte de las autoridades israelíes a los esfuerzos de EE.UU.
Así lo expresaron claramente durante el fin de semana los más altos responsables gubernamentales. "Fue insultante, un momento desafortunado y difícil para todo el mundo", declaró la secretaria de Estado, Hillary Clinton. "Es una afrenta, un insulto, pero aún, es una manera de debilitar este frágil intento de llevar la paz a la región", añadió el principal asesor político de la Casa Blanca, David Axelrod.
El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, trató el domingo de contener el enfrentamiento y calificó la coincidencia del anuncio con la visita de Biden como un accidente "lamentable y perjudicial" que atribuyó a una mera descoordinación entre sus colaboradores. Washington no aceptó esa versión. Axelrod insistió en que el episodio tenía la apariencia de haber sido "premeditado y calculado" para dañar la posición negociadora norteamericana. El portavoz del Departamento de Estado, P. J. Crowley, manifestó ayer que Washington está a la espera de explicaciones convincentes de parte de los responsables israelíes.
Esta tensión ha tenido de inmediato resonancia en el más importante lobby a favor de Israel, el American Israel Public Affairs Commitee (AIPAC), que ha hecho pública una declaración en la que advierte de que Obama está presionando excesiva y unilateralmente al Estado judío. "La Administración debería hacer un serio esfuerzo por evitar más exigencias a Israel", afirmó el AIPAC.
El enfrentamiento con Israel no es una política muy popular en EE.UU., y Obama es, por tanto, el primer interesado en poner fin a la tensión. Pero no parece que, fuera de la retórica habitual en estos casos, ésa sea una misión fácil. Ayer Netanyahu dio garantías a los miembros de su partido en el Parlamento de que no renunciará a la construcción de las viviendas anunciadas.
Sin la congelación de todos los asentamientos, es impensable que los palestinos accedan a un diálogo de paz serio. Sin ese diálogo es imposible que los gobiernos árabes respalden a la Administración de Obama. Y sin ese respaldo se complica considerablemente la estrategia estadounidense respecto a Irán, incluso en Afganistán. Todos los elementos están conectados y se ven, por tanto, afectados por la crisis diplomática actual.
Las relaciones entre EE.UU. e Israel no han estado históricamente exentas de tensión. La declaración del embajador israelí conocida ayer aludía a 1975, cuando el gobierno de Gerald Ford pidió la retirada israelí de una parte del Sinaí egipcio. El primer George Bush, Bill Clinton y hasta Ronald Reagan vivieron momentos difíciles con el gran aliado. Pero en la crisis actual se suma además la desconfianza hacia Obama dominante entre la clase política israelí desde que era candidato.
Lula y su "sueño" de paz en Jerusalén
JERUSALÉN | El presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva dijo ayer en Jerusalén que "sueña" con la paz en Oriente Medio, durante una visita histórica, la primera de un jefe de Estado de su país a Israel y a los territorios palestinos.
"Señor Peres, sueño con el día en que Oriente Medio tenga paz, para que todos los pueblos (de la región) puedan beneficiarse de la prosperidad", declaró Lula en un encuentro con el presidente israelí, Shimon Peres. "El virus de la paz estaba conmigo en el vientre de mi madre. No me acuerdo de un día en que haya discutido con alguien. Creo que con el diálogo podemos lograr cosas que no podríamos conseguir sin él", añadió.
La visita de Lula coincide con un momento delicado para Israel, blanco de duras críticas internacionales por haber anunciado la construcción de 1.600 viviendas en Jerusalén Este. Brasil condenó esta polémica decisión. "El deterioro de las condiciones de vida de los palestinos favorece todos los extremismos y esto puede llevar a una efusión de sangre. Voy a ver a los palestinos y los escucharé", prometió Lula, que hoy se trasladará a Cisjordania.
Lula fue recibido con honores militares por Peres antes de reunirse con el primer ministro Benjamin Netanyahu y con la líder de la oposición Tzipi Livni. Por la tarde pronunció un discurso ante el parlamento israelí, durante el cual exhortó a las dos partes a "superar los antagonismos".
El presidente brasileño no mencionó la crisis iraní en su discurso -principal tema de discrepancia entre Israel y Brasil- pero sí la sacó a relucir Netanyahu, quien instó a Brasil a "unirse a la coalición internacional que se forma contra Irán" para impedir que se dote "del arma nuclear".
Lula, cuyo país ocupa el puesto no permanente del Consejo de Seguridad de la ONU, aboga por un diálogo con Teherán mientras que Israel quiere verlo aislado y sometido a duras sanciones por su plan nuclear. AFP
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