ANDRÉS LÓPEZ REILLY
Un multimillonario robo de oro, una causa judicial archivada y una muerte de ribetes mafiosos que sigue sin aclararse. Por primera vez, el buscador de tesoros Ruben Collado cuenta los pormenores de una sórdida trama que se gestó en Uruguay.
A comienzos de la década de 1990 Ruben Collado era una verdadera celebridad. Sus buzos entraban y salían del agua frente a la costa de Punta Gorda y traían a la superficie lingotes y monedas de oro y plata, junto con otros valiosos elementos, pertenecientes al naufragio de Nuestra Señora de la Luz (1752). Uruguay estaba presente en todas las agencias de noticias y de todos los rincones venían a entrevistarlo: era la primera persona en recuperar un verdadero tesoro submarino en Sudamérica.
Mucho se escribió y se dijo al respecto, pero hay algo que nadie contó.
Las circunstancias que rodearon el hallazgo del tesoro de La Luz no fueron del todo transparentes y quedaron acalladas por un manto de silencio que encubrió, durante años, un ardid delictivo por el cual fueron hurtadas y vendidas monedas y lingotes de oro por un monto que podría superar los US$ 3 millones, según estimaciones de Ruben Collado.
"Hay una cantidad de elementos que hacen pensar que acá se robó muchísimo. Y el único que hizo la investigación, la denuncia, el que puso la cara, fui yo. El expediente está archivado y yo quiero desarchivarlo", relató Collado a El País.
Esencialmente, la maniobra puso en evidencia una seria falla en los controles que realizaba la autoridad marítima a los buzos que tomaron parte de la operación de rescate, pues era el personal de Prefectura el que debía controlar -mediante el uso de detectores de metales- que cada moneda recuperada llegara a su destino final: la bóveda del Banco República.
La meticulosa maniobra fue descubierta mediante incansables pesquisas realizadas, de forma individual, por Ruben Collado, quien tirando de la punta de la madeja logró poner al descubierto una triangulación de monedas entre Montevideo, Buenos Aires y Nueva York que se realizaba a sus espaldas, partiendo desde dentro de su propia expedición.
"Solamente una de esas monedas estaba afuera del banco: un doblón, que era la que me había autorizado el gobierno a tener encima para ir a los programas de Susana Giménez o Mirtha Legrand y promocionar lo que estábamos haciendo", recuerda el buscador de tesoros.
LA FIEBRE DEL ORO. El resplandor de miles de monedas de oro acuñadas en la casa de la Moneda de Chile entre 1749 y 1751 encandiló a parte del equipo de buzos. Los propios detectores fueron utilizados para guardar monedas en su interior. También, la excusa de "ir a buscar agua para el mate" generó viajes no autorizados de gomones a la costa que quedaron por fuera de los controles.
Pero los métodos para robar eran aun más ingeniosos. "Hicimos un chequeo en el río y apareció una bolsa de nylon de azúcar `La Morenita` con 16 monedas de oro y otras 20 de plata. O sea que estaban escondiendo monedas ahí abajo, que después sacaban en otro momento", relata Collado.
En cierta oportunidad, cuando revisaba el casco de su barco, encontró un gancho bajo el agua que aparentemente venía siendo utilizado para colgar y retirar el oro y la plata sin ser vistos. Parte del equipo ha- bía estrechado además lazos de amistad con el personal de Prefectura.
INCULPADOS. Según Collado, una de las personas que compró parte de las monedas robadas -allegada al tema por haber buscado un célebre naufragio en Ecuador- fue quien le proporcionó las pistas que, a la postre, terminarían por inculpar al jefe de seguridad de su expedición, al técnico de detección y a un buzo de nombre Ruben Sosa, quien apareció decapitado después en la costa argentina (ver nota aparte).
"En esa información, que me entregó ante escribano público, me facilitó 38 fotos sacadas por estas personas, en las que aparecían con monedas en las manos, en la República Argentina. En el fondo se veía el departamento de uno de ellos, que es fácilmente reconocible por las fotografías: tiene una ventana que ha sido rehecha y no hay dos ventanas en el mundo como esa. Y si uno amplía esas fotografías, se da cuenta de que las monedas no entraron en ningún catálogo de remate. Son monedas que nunca pasaron por la autoridad", añadió Collado.
Poco tiempo antes había tenido conocimiento del robo de las monedas, aunque desconocía la magnitud.
Se enteró que un coleccionista las estaba vendiendo en Estados Unidos y se comunicó con él para manifestarle su interés en adquirirlas, aunque sin revelarle su identidad. Cuando Collado recibió la información que le envió el vendedor, certificando que se trataba de las monedas recuperadas en la costa montevideana, lo intimó a entregarle información sobre el modo cómo las había obtenido, a lo que éste se negó.
Sin embargo, Collado aludió al tema del robo y a la muerte del buzo en una entrevista que le realizara el diario Clarín de Buenos Aires, y mencionó su nombre. A las 48 horas, el coleccionista se comunicó con él.
"Me llama desde Estados Unidos y me pide por favor que no lo mencione más, que me da todo lo que yo le pida. Entonces, le dije que me mandara la boleta de compra de esas monedas -las había comprado en una Numismática de la calle Corrientes en Buenos Aires- y la copia de los cheques. Esa documentación se la doy a Roberto Chiodoni Mas, el concesionario de la zona de búsqueda, quien la envió a Prefectura, lo cual fue un error, porque habría que haberla mandado directamente al juzgado", recordó el buscador de tesoros.
Un buzo apareció decapitado
Uno de los buzos acusados por Collado de robar las monedas de La Luz murió en condiciones más que extrañas y su cuerpo apareció flotando, decapitado, en las costas de Argentina.
El cadáver de Ruben Sosa, un ex policía, fue hallado el 1° de enero de 1996 en una playa de San Clemente del Tuyú. Sosa y un piloto habían despegado en una avioneta desde Montevideo el 20 de diciembre de 1995, pero el aparato nunca llegó a destino.
Sin embargo, Collado asegura que el cuerpo que se halló, no estuvo 10 días flotando en el agua. "La Policía me pidió que ayudara; vi los videos y les aclaré -en un informe que hice- que ese cadáver no tenía más de uno o dos días en el agua: no estaba hinchado, tenía el cinturón ajustado, los zapatos puestos. Solamente estaba decapitado y con los dedos mutilados, como si hubiera sido torturado", señaló el buscador de tesoros. "Los policías fumaban y hablaban al lado. Si tuviera 10 días, hubiera tenido un olor insoportable", añadió Collado, quien estima que el ex integrante de su equipo podría haber estado vinculado a narcotraficantes.
Lo que se hizo con la venta legal del tesoro
La primera subasta del tesoro de La Luz se hizo los días 24 y 25 de marzo de 1993 en la casa Sotheby`s de Nueva York. El producto total de la venta fue unos US$ 3,5 millones, aunque luego hubo otro remate en Castells & Castells de Montevideo y transacciones particulares. El 50% de lo obtenido en subasta le correspondió al Estado uruguayo, que usó el dinero para construir un liceo en San Carlos -se llama Nuestra Señora de la Luz- y dotar de elementos a la Armada.
En Nueva York, participaron en la puja coleccionistas privados, numismáticos y comerciantes. De los 945 lotes ofrecidos, se vendió el 95% y sólo 35 ofertas no encontraron comprador. El precio más alto fue alcanzado por una caja de oro con forma de concha, que se vendió por US$ 88.000, superando su precio estimado de US$ 20.000 a US$ 30.000.
El segundo mayor precio correspondió a un grupo de 50 monedas de 8 escudos con la efigie del rey Fernando VI, acuñadas en 1751 en la Casa de la Moneda de Santiago de Chile, un año antes del naufragio. Este grupo de "doblones" se adjudicó por US$ 68.750.
Argentino y experto en cuestiones submarinas
La faceta más conocida de Ruben Collado es la de buscador de tesoros, aunque varias veces ha trabajado codo a codo con la Policía en la búsqueda de cuerpos o armas perdidas en el mar. También tiene una larga trayectoria en Argentina, su país natal.
Diseñó y construyó con un grupo de amigos las primeras estaciones submarinas del vecino país, aunque su reputación como buzo ya era conocida tras haber logrado el récord sudamericano de permanencia bajo el agua, con un tiempo de 14 horas, 35 minutos.
Fue entrenador de buzos y dio clases en la recordada confitería "Las Grutas" de Punta del Este.
En un viaje a Villa Gesell, trabó amistad con el célebre constructor de la popular villa oceánica, Carlos Gesell, y a su lado se quedó trabajando varios años, a cargo de las Relaciones Públicas de la empresa. Para Gesell construyó el primer vehículo anfibio que tuvo la villa.
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